Adolescencia
Al amanecer, en la playa, sintió su rostro distendido y sonrojado. El velo de su boca se había corrido. Había terminado su graduación y, con ella, también su infancia.
Al amanecer, en la playa, sintió su rostro distendido y sonrojado. El velo de su boca se había corrido. Había terminado su graduación y, con ella, también su infancia.
Quiero verte. Quiero besarte. Quiero amarte… Amante silenciosa. La verdad está prohibida.
Algunas hierbas y la punta del vestido de seda rozaron sus jóvenes muslos. Solo las marcas de los cuerpos en la pradera hacían más ruido que el silencio de la noche. Se escuchó el suave motor alejándose.
Hoy recibí dos mensajes alentadores. Uno decía haber tenido un sueño en el que algo malo podía pasarme. Me pidió que me cui-dara porque él y su familia me tenían mucho aprecio, y que yo lo sabía muy bien. El otro, más preciso, me decía: «Cuídate… La verdad, no sé en qué andas, pero cuídate.
La radio seguía sonando, como lo había hecho durante toda la noche. Se entrecortaba entre ecos de estática y comunicados que orientaban a la comunidad sobre la suerte de sus familiares accidentados en la ruta. Levantó la vista hacia el confesionario. Se puso la mantilla sobre la cabeza, ingresó, se arrodilló y comenzó su confesión:
Había una vez un país muy lejano llamado Gulshan, gobernado por un rey muy bueno, sabio y poderoso, a quien sus súbditos amaban y respetaban por su bondad y generosidad. Siempre estaba preocupado por el bienestar de su pueblo. Su castillo era de grandes murallas, espléndidas torres y salones monumentales a la vez que sencillos,
Ya había terminado el bolso. Tenía el ticket del pasaje aéreo y la reserva del boleto del óm-nibus para la combinación, el dinero, las llaves. Estaba todo cerrado y seguro. Cerré la puerta y salí corriendo a la calle. El taxi me estaba esperando. Comenzaba el descanso. Tenía que llegar a la casa de mi
A quien corresponda: La vida está llena de colores y matices; todos responden a diferentes sentimientos y emo-ciones. Es la única forma que encuentro de entender cómo se expresa la existencia de cada uno de nosotros. Cada cual elige su paleta, sus pinceles y la variedad de sus tintes. Es lo que proporciona a nuestro
José llegaba todos los días a su casa después del trabajo y arrastraba consigo el ruido, las corridas, la violencia y el acelere de la calle. Todo se le pegaba, todo lo arrastraba. Siempre sentía ese malestar y no sabía cómo resolver aquella alienación. Su departamento era un monoambiente y, todos los días, al regresar,
Era una tarde de primavera espléndida, con un sol digno de apreciar. Estaba en el muelle, rodeado de una vegetación con los más diversos matices del verde, del marrón, del ocre, de los amarillos y naranjas: una obra de arte para los ojos. Un enjambre de sonidos de la naturaleza me envolvía. Una caricia para