Sobre mí

Pablo A. Ferreyra

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Entre el Mito, la Antropología y la Palabra

Nací el 7 de febrero de 1957 en la ciudad de Córdoba, Argentina. En 1970 ingresé a la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Años más tarde, en 1976, me radiqué en la Ciudad de México —entonces Distrito Federal—, donde obtuve el título de Licenciado en Antropología Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), institución en la que también me desempeñé como docente. Mi tesis, Cuauhtémoc, hombre y mito en la historia de México, fue distinguida con mención honorífica. La antropología no fue meramente una credencial académica, sino la matriz rectora desde la cual aprendí a observar las estructuras de la cultura y el mito: durante esa etapa realicé profundas labores de investigación de campo en los estados de Hidalgo, México, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco, Campeche y Yucatán, ejerciendo además como director de la Editorial Heteros.

En 1983 regresé a la Argentina y me establecí en la ciudad de Buenos Aires. Trabajé como corrector de estilo y de pruebas en la editorial Sudamericana–Planeta y, en 1985, ingresé a la Biblioteca del Congreso de la Nación, donde desarrollé una extensa labor profesional hasta mi retiro en 2023. Asimismo, ejercí la docencia en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y participé en la función pública en la Presidencia de la Nación durante el gobierno de Raúl Alfonsín, así como en la Cámara de Diputados de la Nación.

Esa misma matriz antropológica e histórica sustenta la producción de mis libros:

  • Una mujer llamada Evita. Mito y conciencia nacional en la Argentina (2025)
  • Argentina 1887 – 1973
  • La Patria Ingrata (la gloria y el olvido)

La Poesía y el Impasse: La Simetría del Silencio

Si la investigación histórica y antropológica me ha permitido desentrañar los grandes relatos de la memoria colectiva, la producción poética surgió durante el período de confinamiento global como una extensión natural de ese mismo trabajo con la palabra. Lo que comenzó como una práctica exploratoria se transformó en un espacio de transición intelectual: un ejercicio en el que el lenguaje se desprende del rigor metodológico para abrirse a una indagación estética y fenomenológica de la realidad, permitiendo una necesaria distensión del pensamiento analítico y un ámbito de descanso reflexivo.

Escribir poesía, o incluso desear escribirla, es entrar en un territorio donde la realidad se duplica y se desplaza al mismo tiempo. Uno queda lleno de imágenes simétricas y asimétricas con la realidad, como si el mundo visible y el mundo interior comenzaran a reflejarse en un espejo inestable. El poema funciona cuando logra oscilar entre la imagen concreta —la ola, el cabello, las murallas, los peces, el bosque— y la imagen emocional —la soledad, las pasiones, la muerte que apenas dura hasta el amanecer—. Esa tensión crea profundidad. Si todo fuera simbólico, se volvería vapor; si todo fuera literal, perdería misterio. El equilibrio entre ambos planos sostiene la respiración del texto y le da organicidad.

En ese movimiento, el mar deja de ser solo paisaje para convertirse en extensión del cuerpo; la arena deja de ser materia para transformarse en territorio íntimo; la noche deja de ser tiempo y se vuelve contacto. Allí aparece la simetría: la realidad visible dialogando con la realidad sentida. Pero la asimetría surge cuando las aguas condensan pasiones, cuando las olas desdibujan bordes, cuando se muere hasta el amanecer sin que la muerte sea definitiva. La realidad no se rompe: se curva levemente. Ese pliegue es madurez poética, porque no exagera la metáfora ni explica en exceso, no adorna por adornar ni subraya lo evidente. Permite que la imagen sugiera en lugar de imponer.

Sin embargo, después de escribir, ocurre algo distinto. Queda un ruido interior. Las palabras no se callan; siguen resonando, chocando entre sí, reclamando sentido. En esos momentos estoy lleno de ese eco y no puedo conjugar con serenidad lo emotivo ni valorar con claridad las imágenes o los movimientos simbólicos que he construido. No sé si el poema es hermoso o excesivo. No logro leerlo como lector. Incluso puedo sentir que no lo escribí yo. Esa sensación no es desconexión creativa, sino saturación emocional y rítmica. La mente todavía está dentro del poema, no frente a él.

Hay un momento en la escritura en que el poema deja de pertenecernos por unas horas. Se vuelve un objeto externo, todavía caliente. No se puede tocar sin quemarse. Es necesario dejarlo reposar, permitir que atraviese la noche, que respire solo, que se asiente sin la intervención constante de quien lo creó. El descanso no es abandono; es parte del proceso. La distancia ordena lo que la intensidad desbordó.

Al día siguiente algo cambia. Las imágenes se reacomodan, el ruido disminuye y la emoción se decanta. Entonces es posible distinguir qué versos permanecen firmes y cuáles necesitan ajuste. Se puede reconocer la arquitectura interna del texto: su ritmo, su campo semántico, la coherencia de sus símbolos, la continuidad de sus metáforas. También se advierten las repeticiones innecesarias, las zonas demasiado cargadas, los silencios que conviene ampliar. El poema empieza a revelar si tiene vida propia o si dependía únicamente del impulso inicial.

Escribir poesía implica aceptar estos ciclos de intensidad, saturación, silencio y regreso. Primero el poema nos atraviesa; luego nos expulsa; finalmente nos invita a volver como artesanos y no solo como impulso. Cuando deja de sentirse completamente nuestro, es señal de que ha adquirido autonomía. Esa autonomía es, en el fondo, una forma de logro: el texto ya no es solo emoción cruda, sino forma trabajada.

Y, sin embargo, hay algo que está fuera de la técnica, fuera incluso de la reflexión sobre la simetría y la asimetría. Pertenece a mi humanidad. Yo escribo en un impasse, en una pausa necesaria entre el ruido del mundo y el silencio interior. Escribo porque, en medio de esa suspensión, encuentro descanso. La poesía no solo me exige; también me relaja. No solo me confronta; también me aquieta. Mientras escribo, algo en mí se ordena, respira con más amplitud y se desprende de la presión cotidiana. El poema puede quedar caliente y exigir distancia después, pero el acto de escribirlo fue ya un descanso profundo, una forma de reconciliación conmigo mismo.

Por eso no hay prisa. La poesía no se mide por la inmediatez, sino por su capacidad de sostenerse en el tiempo y de sostenernos a nosotros. Si al regresar todavía late, si mantiene la tensión entre lo concreto y lo simbólico, entre la simetría y la asimetría, entonces sabré que su pulso es verdadero. Y si algo debe cambiar, lo haré desde la calma, no desde el ruido. Porque escribir poesía niega la mera producción de imágenes: es también encontrar, en medio del impasse de la vida, un lugar donde descansar.

Mi Proceso con la Poesía: El Viaje de la Transmutación

Mi proceso con la poesía es un viaje de transmutación que comienza siempre en la herida, entendida no como un daño, sino como el punto de apertura por donde brota la vida. En este primer paso, escribo sin entender, permitiendo que las palabras aparezcan antes que el sentido, como si no fueran del todo mías. Me dejo llevar por imágenes, sensaciones e impulsos que no controlo; es una catarata de emociones que se vuelca con tal fuerza que me atraviesa, dejándome a veces exhausto, como si el poema tuviera una urgencia propia por existir. En ese estado no pienso, no corrijo ni busco una forma; solo escribo, entregado a una verdad que se siente extraña pero absoluta.

Más tarde llega la contemplación. Vuelvo al texto desde una distancia necesaria que me permite ver la cadencia, los cortes, las pausas y la respiración de lo escrito. Disfruto mucho este momento en el que las imágenes se abren, lo cotidiano se transforma y el poema, que nació de ese impulso eléctrico, empieza a tener forma y belleza. No lo fuerzo: simplemente lo acomodo, lo escucho y lo dejo ser. Con el paso de los días surge en mí un desapego natural; ya no siento el poema como mío y dejo de reconocerme como quien lo escribió. Al leerlo como si fuera la obra de otra persona, puedo disfrutarlo plenamente y con honestidad, sin ego, aceptando que el poema ha ganado su propia independencia.

Finalmente, alcanzo la liberación. El poema queda ahí, en silencio, y ya no siento la necesidad de tocarlo más. Entiendo que mi intervención has terminado y espero a que alguien más lo lea, porque sé que en ese encuentro el poema se transformará otra vez; cada lector le dará un sentido nuevo, distinto al mío. Ahí comprendo que la obra no termina en mí, sino que empieza a vivir en los otros. Este ciclo se nutre también de mis charlas nocturnas, esos momentos de duermevela en los que aparecen fragmentos frágiles que debo dictar al celular antes de que el olvido los borre, rescatando esa esencia pura que solo encuentro cuando la razón todavía no ha despertado.

En definitiva, yo no escribo la poesía: la atravieso. Primero me sacude, después la entiendo, luego la suelto y, finalmente, deja de ser mía para encontrar su propia vida.

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