Ya había terminado el bolso. Tenía el ticket del pasaje aéreo y la reserva del boleto del óm-nibus para la combinación, el dinero, las llaves. Estaba todo cerrado y seguro.
Cerré la puerta y salí corriendo a la calle. El taxi me estaba esperando.
Comenzaba el descanso.
Tenía que llegar a la casa de mi abuela para festejar su cumpleaños número cien.
Llegué después de diez horas de viaje. El último tramo fue de tierra y se me había olvidado ese polvo lunar que se pegaba a todo.
Cuando entré, fui a saludar a la abuela. Estaba muy bien, un poquito más arrugada que la última vez que la había visto, no mucho más.
Me fui a bañar para sacarme el polvo del camino.
Cuando salí, estaba junto a la Abu una sobrina, Cristina, a quien recordaba tan pequeña y que ahora estaba hecha una señorita hermosa y dulce, igual que mi hermana.
Nos explicó que su mamá no se sentía bien y le había pedido a ella que nos buscara y nos acompañara hasta su casa.
Cuando entramos, la casa explotó de ruidos, gritos, cantos de feliz cumpleaños, silbidos, besos y abrazos.
Era una fiesta sorpresa para la mujer centenaria de la familia; a mí no habían podido avisar-me.
Me quedé sorprendida, al igual que Doña Eufemia, como todos le decían a la Abu.
Cuando todo empezó a tranquilizarse, pude ver y reconocer a todas.
Sí, todas eran mujeres.
Todas las mujeres de la familia estábamos reunidas en esa casa para festejar a la gran madre, dueña del útero progenitor de todas nosotras.
(«Útero progenitor», masculino… Me reí de mi propio pensamiento).
Estaba mi mamá con sus hermanas, y cada una con sus hijas y las hijas de sus hijas.
Un montón de mujeres.
Contamos treinta y ocho en total, procedentes de diferentes rincones de la provincia. La única que venía de la Capital era yo, soltera y sin hijas.
La mesa rebosaba de comidas típicas, saladas y dulces, bebidas tradicionales, gaseosas y mucho vino de la bodega de la familia: un Malbec que había cosechado mi abuelo antes de morir y que estaba guardado en una vasija de roble para alguna ocasión especial.
Todas consideraron esta fiesta como una ocasión exclusiva, única.
Así empezó la tarde: comida, charla, chismes, postres, risas, cuentos de familia que se repetían, vino, mucha alegría.
A las once de la noche, las niñas se fueron a dormir y las adolescentes salieron para la plaza del centro a juntarse con sus amigos.
Solo quedamos la Abu, mi madre con sus tres hermanas y siete primas.
La doña del cumpleaños nos dijo que saliéramos al patio.
Acomodamos los vasos y el vino y nos sentamos alrededor de una mesa baja.
La abuela metió su mano por dentro del vestido y sacó su bolsa de tabaco. Al abrirla, estaba su pipa de marlo. La armó suavemente y la prendió.
Ese primer humo me trajo recuerdos de mi infancia.
Una delicia para mi memoria.
La noche estaba preciosa, cálida, con una gran luna llena que iluminaba todo.
Estuvimos allí hasta las cuatro, más o menos.
La abuela se quedó a dormir en la casa de mi hermana. Mi hermana, su hija y yo partimos hacia la casa de ella.
En el camino de regreso, justo en la esquina, bajo el farol, había un hombre alto, de tez clara y pelo corto.
Cuando pasamos a su lado, nos susurró algo que no entendimos. Nosotras seguimos sin contestar.
Empezó a hablarnos y me di vuelta para responderle.
Cuando lo miré a los ojos, eran fríos.
Se me erizó la piel y no dije nada.
Apuramos el paso.
Pensé que podría hacernos algún daño. Se me cruzaron malas ideas en ese momento; recordaba la violencia callejera de mi ciudad.
Me asusté por la nena y por nosotras.
No pasó nada.
Al mediodía nos reunimos de nuevo y comentamos lo del hombre bajo el farol.
Salimos a buscarlo.
El pueblo no es muy grande, por lo que entre todas lo recorrimos rápidamente, preguntando y buscando.
Fuimos a la policía, donde tenemos amigos. Salieron a buscarlo también, pero nos dijeron que no había llegado nadie nuevo al pueblo en esos días.
Luego de varias horas de caminar, regresamos.
Y estaba ella: Doña Eufemia, sentadita, fumando su pipa.
Todas, alborotadas, fuimos a contarle lo del hombre y lo infructuosa que había sido su bús-queda.
Ella se rio, mirándonos de soslayo.
Todas enmudecimos.
Mi tía Rosa, la hermana mayor de mi mamá, le preguntó a la abuela por qué se reía.
Doña Eufemia nos miró a todas, volvió a sonreír y nos dijo:
—Ustedes se pasaron toda la noche hablando y llamándolo… y vino. Ahora no se quejen ni tengan miedo.
Se hizo un gran silencio.
Hubo un intercambio de miradas y desconcierto.
Había dicho todo, excepto el nombre del hombre al que se refería.
Nadie dijo nada.
La menor de mis primas, Carmela, miró a la abuela y le preguntó:
—¿Qué hombre, abuela? No entiendo.
Ella hizo un gesto con las manos para que nos fuéramos y, en voz baja, se le escuchó decir:
—Él, hija… Él.
Todas entendimos a quién se refería la abuela.
Lo habíamos llamado, es cierto, toda la noche.
Y Él había llegado a visitarnos.
