Era una tarde de primavera espléndida, con un sol digno de apreciar. Estaba en el muelle, rodeado de una vegetación con los más diversos matices del verde, del marrón, del ocre, de los amarillos y naranjas: una obra de arte para los ojos. Un enjambre de sonidos de la naturaleza me envolvía. Una caricia para el alma.
Viendo pasar el río, estaba parado en el muelle con una pequeña caña de pescar, más que nada para justificar ese mágico momento.
De pronto, sentí unos pasos detrás de mí. No presté mucha atención; siempre pasaba gente por el sendero junto a la casa. Pero esta vez oí crujir las maderas bajo los suaves pasos de alguien.
Me di vuelta y encontré parado a un señor de baja estatura, de contextura fuerte, vestido con ropa de trabajo y un sombrero blanco. Tocó su ala en señal de saludo y acompañó el gesto con un:
—Buenas tardes, ¿lo molesto?
—No —le dije—, para nada. Acomódese.
Él se presentó:
—Carlos José Vázquez —dijo, y se aproximó a la baranda del muelle donde yo estaba pescando.
Se apoyó, metió la mano en el bolsillo, sacó los cigarrillos y me convidó uno.
Para mis adentros pensaba: «Estaba tan tranquilo y justo ahora tengo visitas».
Carlos empezó a contarme la historia de la construcción de la casa, las dificultades para llevar los materiales y cómo, con el tiempo, él mismo se había transformado en su mejor arreglatodo.
Ahí me llamó la atención. Lo invité a sentarse conmigo en el muelle y me dispuse a escuchar las historias de su casa, que hoy era mía.
¡Ya había pescado dos grandes peces; mi tarde de pescador estaba realizada!
Le pedí cinco minutos para ir a preparar la sopa.
Subí a la casa y me dirigí a la cocina. Prendí la hornalla, puse la olla con agua, una cebolla, dientes de ajo, una zanahoria que tenía, sal, orégano y… los pescados.
Cuando volví, Carlos estaba fumando de nuevo. Me senté, le pedí disculpas y continuamos la charla.
Me contó sobre los árboles frutales del parque y el porqué de la variedad de ciruelos, naranjos, mandarinos, quinotos, caquis y manzanos de caras sucias, verdes y rojas. También habló de los pinos con enredaderas y de los cañaverales.
Toda una clase de paisajismo.
Estuvo más de una hora contándome sobre su creación. Él amaba ese lugar; por la forma en que se expresaba, le había puesto el alma.
Ya estaba oscureciendo y nosotros dos seguíamos sentados en silencio, escuchando los sonidos de las islas.
En un momento le pregunté si deseaba un plato de sopa.
Me contestó que sí, si no era molestia, pero que le gustaría tomarla con un vaso de vino.
Tenía vino, así que asentí a todo.
Me fui a buscar la comida y la bebida.
Cuando regresé, no lo encontré.
Ya no estaba. Solo había un cigarrillo recién encendido en el cenicero.
Apoyé la bandeja en la mesa. Salí a buscarlo, pero no había muchos lugares adonde ir, y menos a esa hora.
No lo encontré.
Regresé. Puse los platos con sopa en la mesa, los vasos con vino y me senté. Como no regresaba, me puse a comer.
Con el transcurso del tiempo, ya había terminado de cenar y de beber. Me fumé un último cigarrillo.
Estaba por levantar la mesa, pero solo llevé lo que había usado. Lo que le correspondía a él lo dejé puesto, en forma simbólica… por si regresaba y para que supiera que lo había estado esperando.
De la misma forma, le dejé un cigarrillo apagado.
Y me fui a la casa a dormir.
Al día siguiente, cuando me levanté y salí, lo primero que hice fue ir al muelle.
Estaba el plato vacío, al igual que el vaso, y el cigarrillo había sido fumado.
Pensé que había regresado, como yo suponía.
Al rato vino en el bote Doña Isabel, quien era la que me ayudaba con la casa y el jardín.
Le pregunté por él, por Carlos.
Me miró raro, a lo que agregué las características físicas del señor.
Ella, con mucho respeto, como quien ve a un loco, me dijo:
—Sí, lo conozco. Era el dueño de su casa, pero falleció hace varios años.
No dije nada.
Me di media vuelta y regresé a la casa a pensar.
No sé… estaba sorprendido, confundido, aturdido.
Al momento de subir las escaleras, vi el sombrero blanco de Carlos colgado en el árbol de caquis.
Nunca más lo vi ni supe nada de él.
Pero siento que comprendió que su casa estaba en buenas manos.
