La radio seguía sonando, como lo había hecho durante toda la noche. Se entrecortaba entre ecos de estática y comunicados que orientaban a la comunidad sobre la suerte de sus familiares accidentados en la ruta.
Levantó la vista hacia el confesionario.
Se puso la mantilla sobre la cabeza, ingresó, se arrodilló y comenzó su confesión:
—Padre, confieso que he pecado… Nunca pensé en enamorarme y mucho menos en sentirme tan amada.
Sus besos… Cuando siento cómo me besa con deseo, cómo me recorre y me hace sentir completamente suya… Nunca me disfrutaron así, ni disfruté así de alguien.
Cuando hacemos el amor, siento que está en mí de una manera muy especial. Descubre cada rincón de mi cuerpo y hace que goce cada vez más de él. Nunca me he sentido así con nadie, en esa entrega casi total.
Padre, confieso que he pecado… Pero me gusta sentirme amada. Me gusta todo de él.
Perdóname, Padre Nuestro. Sé que he pecado. Él es un hombre casado.
Pero tráemelo con vida. Que no le haya pasado nada.
Gracias.
Se persignó, se levantó y comenzó a caminar hacia la calle.
Al salir, vio al cura que venía apresurado hacia el confesionario. Ella ya había hablado con Dios.
La gente del pueblo comenzaba a llegar a misa para rogar por los deudos.
A ella se la vio caminando lentamente hacia su casa.
Las campanas sonaban nuevamente.
