Llegué lo más pronto que pude. Hasta subí por las escaleras para poder tocar su timbre, por la demora del ascensor. No sé si era la emoción o la subida desesperada lo que tenía a mi corazón como un tambor.
Abrió la puerta y solo pensaba en abrazarla y besarla sin pudor.
Pero no era mi deseo. No era lo planificado, lo deseado, lo que venía disfrutando en mi mente desde su ausencia.
Pasamos a la sala y de allí al sillón junto a la ventana. Hacía mucho calor. Cerró la ventana y la puerta del patio y prendió el aire.
Yo tenía más calor todavía.
Ella también.
Me ofreció algo fresco.
Seguía todos sus movimientos, todas sus seducciones.
—Sí, cualquier cosa.
Se levantó y fue a la cocina. La seguí. Me miró con complicidad, con ternura.
En la cocina me miró nuevamente, sacó un champagne del freezer y buscó dos copas. Pasó a mi lado y sentí su humanidad sobre la mía. Se me erizó la piel.
Abrí la botella y llené apenas las copas.
Brindamos por el Año Nuevo.
Bebí suavemente. Ella me tomó de un dedo.
Entendí su mensaje oculto.
Acababa de soltar el deseo, la pasión.
Tomé su muslo con mi mano y nos besamos. Dejó que el encuentro siguiera su propio ritmo, entre caricias, besos y esa excitación contenida que habíamos acumulado durante tanto tiempo.
Todo el juego era tiempo y desenfreno.
La habitación, la oscuridad, el champagne y nuestros cuerpos parecían formar parte de una misma escena.
Seguimos jugando. Rodamos por el piso, como manchas sobre las paredes, y sin querer ter-minamos en la ducha, como si hubiésemos hablado o acordado hacerlo.
El agua no sé si estaba fría o caliente. Solo sentía la pasión de sus besos y el movimiento de nuestros cuerpos, a un ritmo monocorde pero encarnizado: el sentido primario del amor.
Mojados salimos recreando los momentos anteriores. El champagne fluía de la misma forma que la vida por nuestros cuerpos.
Tantos sabores. Tantos olores.
Estábamos adobados de humanidad.
Estábamos vivos.
Entramos al cuarto. Caímos juntos sobre el colchón, tocándonos lentamente, como quien quiere reconocer nuevamente una superficie delicada y conocida.
Nos besamos.
Nos abrazamos.
Nos entregamos nuevamente a esa pasión que parecía haber quedado suspendida desde el día de su ausencia.
La crisálida daba paso a la mariposa, a la belleza, a la expresión de la vida.
Una fábula de amor.
Quedamos enredados, entregados, como moldeados por algún dios que hubiese querido mostrarnos la pasión del mundo.
Pasó un largo rato.
Después, el portero pasó por el pasillo y, al verme parado junto a la puerta, me dijo:
—¿La estaba esperando? Salió de vacaciones. No vuelve hasta la semana que viene.
