Un día muy singular

Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvimos juntos o habíamos salido. A veces uno no sabe cómo nombrar algunas relaciones o vínculos. Cada relación es muy particular en sí misma, y esta es muy particular.

Ella es una mujer muy bella, de una piel muy especial, muy seductora y extremadamente simpática y sensual.

La madurez le ha dado la sabiduría para que la vida florezca a su alrededor y disfruta de cada día lo que le da, no busca más.

Nuestro reencuentro comenzó hace varios meses, cuando ella comprendió que una expresión mía no había sido una ofensa, sino un modismo provinciano. Al escucharla por la televisión, como toda persona de bien, vino a pedirme disculpas por el malentendido.

Así que empezamos a encontrarnos, a charlar y tomar café o mate, según diera la ocasión.

Transcurría el tiempo entre charlas, cafés y mates, llenas siempre de emotividad, sinceridad y risas.

Un día llegó como doblada por una contractura de la espalda. Nos reímos como correspondía de ese hecho normal en estas ciudades cosmopolitas; tarde o temprano el estrés pasa y nos deja sus huellas.

Empezamos a aventurar posibles soluciones, charla obvia también que se da frecuentemente, porque todos hemos ido a varios solucionadores que, de tanto ir y hablar, nos hemos trans-formado en grandes todólogos, en grandes conversadores y conocedores de diversos temas. Nos reímos mucho, aparte acordándonos de cada una de las veces propias y ajenas, lo que provoca conversaciones amenas y divertidas.

Entre risas y recuerdos me ofrecí como masajista. Me miró, se rio con cierta complicidad, con una dulzura pícara, positiva, y me dijo:

—Vos no me querés hacer masajes, vos querés otra cosa.

Nos reímos mucho de mi oferta y su respuesta.

Los días pasaron, como también las vacaciones.

Volvimos a encontrarnos, deseosos de hablar del tiempo transcurrido, no conversado.

Seguía con el mismo dolor de espalda, por lo que me ofrecí nuevamente y, esta vez, me dijo sí… aceptaba mi propuesta.

Me dijo que con la última persona con la que había intimado era yo. Hacían varios años ya, y que antes habían pasado otros tantos y que había sido con quien hoy era su exmarido, que posiblemente se le había olvidado. Reímos recordando.

Me explicó que su vida no estaba centrada en el sexo, sino en disfrutar el momento afable: un café, una caminata, una flor, un abrazo, sentir una piel cálida que la cobije. Y si existe la posibilidad de hacer el amor, está bien, pero no la preocupaba ya ese tema en particular; ya estaba más allá del deseo físico, corporal.

Entendí cada una de sus palabras y me gustó su propuesta.

Quedamos en salir.

Una cita sin tiempo ni reglas, ni esperas.

Nos reímos.

Así pasaron los días y semanas. Si no era una cosa, era la otra. Nosotros nos seguíamos jun-tando como siempre, pero ninguno de los dos apuraba los tiempos.

Solo llegaría ese momento.

Llegó.

El viernes pasado nos encontramos por la mañana como siempre y confirmamos que a la tarde salíamos.

La vi venir corriendo, cruzando la calle, con su bolso y un paraguas. Me miró y me regaló una mirada traviesa. Continuó su camino.

A la tarde nos encontramos.

Empezó a llover. Ella abrió su paraguas, en el que no entrábamos los dos; disfrutábamos el mojarnos a la mitad cada uno.

Peor fue esperar un taxi. No había muchos libres, pero los que había paraban antes, después o doblaban.

Reíamos sin detenernos.

Paramos un taxi y nos dirigimos a un bar a tomar algo.

El taxista, un hombre de cuarenta y pico de años largos, de una gran simpatía y gran conversador, hacía más ameno el viaje entre la lluvia y el tránsito.

Nos contó de los viajes gratis que había realizado.

Una noche de sábado lo paró una pareja. El muchacho subió a su novia y le pidió que la llevara hasta Mataderos. La llevó, pero el novio, que no la acompañó, no le había dado la dirección adonde llevarla. Ella estaba borracha y dormida y, por ser mujer, tampoco la podía tocar ni revisarle la cartera, no fuera que lo acusaran de algo que no era.

Terminó en la comisaría. Los policías se hicieron cargo de la señorita.

Pero nadie se lo pagó.

Después nos contó de otro señor que se subió en el centro y se le murió arriba del taxi. Él no lo sabía, por lo que lo llevó al hospital más próximo, donde le confirmaron que había fallecido. No correspondía ese nosocomio, sino que debía seguir viaje a la morgue, pasando primero por la policía.

Por suerte fue a la comisaría, porque lo estaban esperando, y no lo tiró por el camino como le habían sugerido unos compañeros taxistas.

Nadie le pagó ese viaje tampoco.

Así estuvo con sus relatos y cuentos hasta que llegamos al destino.

Ya en la esquina del bar, no fuimos a tomar nada. Con mi bella flor, mi amiga, habíamos tomado demasiados mates, por lo que salimos corriendo al hotel, con sus piernas medio cruzadas para que no se le escapara nada, entre risa y risa.

Una vez en la habitación, nos sentamos y pedimos unos cafés, que bebimos con mucha tranquilidad, pero con mucha gracia.

Seguíamos riendo de todos los hechos que nos habían sucedido durante el día.

Entre tanto intenté prender el jacuzzi y no encontraba cómo hacerlo. Llamé a la operadora y me fue indicando su funcionamiento.

Nos empezamos a reír de nuevo.

Para colmo, le puse espuma de más, que subió casi a un metro y medio por encima del agua. Era lo más parecido a una película de Hollywood.

Cuando nos metimos por un rato, no nos encontrábamos. Con espuma por todos lados y a gatas, nos hallamos a tientas.

Pasamos una tarde especial en todo sentido, llena de amistad, cariño, amor, compañerismo y mucho cuidado del uno por el otro.

Ambos habíamos apagado los celulares por nuestros hijos y, a la salida, los dos teníamos llamados de nuestros ex.

Nos contamos y nos seguíamos riendo, como si hubieran presentido lo que estábamos haciendo.

Pura fantasía, como si estuviéramos engañándolos. Nada que ver, pero nos divertíamos mucho con eso.

Nos dejaba nuevamente en el absurdo de la risa, sana y reconfortante.

Ya no llovía.

En vez de tomar un taxi, ella me llevó a la parada de un colectivo diferencial, con asientos grandes, aire y quién sabe qué más cosas.

Lo tomamos y nos sentamos juntos como compañeros de trabajo o de facultad.

Yo me bajé primero.

La besé y nos deseamos un lindo fin de semana.

La vi partir entre los autos enloquecidos de un viernes por la tarde.

Recordé en ese momento que nunca le pude hacer los masajes prometidos.

Sonreí, meneando la cabeza y seguí caminando.

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