Había una vez un país muy lejano llamado Gulshan, gobernado por un rey muy bueno, sabio y poderoso, a quien sus súbditos amaban y respetaban por su bondad y generosidad. Siempre estaba preocupado por el bienestar de su pueblo. Su castillo era de grandes murallas, espléndidas torres y salones monumentales a la vez que sencillos, con jardines cubiertos por rosas de maravillosos colores. Sus tierras, totalmente labradas, les brindaban más alimentos de los que necesitaban; siempre se escuchaba el canto de las mujeres y los hombres que las trabajaban. Todos vivían felices y contentos.
El rey Abdel Aziz distribuía los víveres entre sus pobladores; todos tenían casas humildes pero confortables y los niños crecían sanos.
Había quedado viudo hacía unos años y solo tenía una hija: la princesa Aháva, a quien amaba profundamente. Ella era sus ojos y le recordaba a su gran amor, la reina.
El reino más cercano era Kakó, guiado por el rey Diestramménos, conocido en todos lados como un ser maligno y muy pero muy rico. Siempre conseguía todo lo que se proponía, fuera por la fuerza o por el dinero.
Así fue como un día llegó un embajador kakoniano con un mensaje en el que solicitaba a Abdel Aziz la mano de su hija. Este, con todo respeto, contestó la misiva diciéndole que la princesa se casaría con quien ella amara, porque ese había sido el deseo de su difunta esposa.
El emisario partió a todo galope tras escuchar la respuesta y no se detuvo en dos días: quería que su monarca lo supiera cuanto antes. Una vez ante el rey Diestramménos, le comunicó la negativa de Gulshan.
Ante esta ofensa, el rey de Kakó ordenó a sus generales alistar al ejército y, al mismo tiempo, envió una paloma mensajera con una nota corta y dura: «Aháva será mía por las buenas o por las malas».
Entendido el aviso, los gulshanianos comenzaron a prepararse para la guerra. No iban a permitir que se llevaran a su princesa. Se generó un gran revuelo en el reino: los especialistas en armas iniciaron sus labores, se levantaban las cosechas, se alistaban los caballos…
—¡¡¡¡Volvió la luuuz!!!! —Ese grito fue lo único que se escuchó.
La imagen era muy graciosa: mi padre sentado en el porche de la casa, como el viejo de Las mil noches y una noche*, rodeado por mis hermanos y por mí, que escuchábamos las delicias de ese cuento. Mi madre ya se había levantado y empezaba a corrernos para que fuéramos a cenar. Nosotros pedíamos el final y el viejo decía: «Otro día. Vamos, que mamá nos llama». Fue un momento de gran confusión, pero ya había vuelto la luz y mamá logró sentarnos a la mesa.
Lo divertido de todo fue que durante mucho tiempo le reclamamos a mi papá —o por lo menos yo— el final del cuento. Era un tema que él siempre evitaba y yo no entendía por qué. Hasta que un día debo de haberlo perseguido tanto que logré su confesión: lo había inventado en el momento y no se acordaba de nada.
¡Hoy a la distancia me río mucho, pero en aquel entonces no podía imaginarme el final!
*Hace referencia a la traducción directa del título original en árabe (Kitāb alf layla wa-layla), popularizada en español a través de la versión de J. C. Mardrus como “Las mil noches y una noche” (a diferencia de la forma tradicional “Las mil y una noches”).
