A quien corresponda:
La vida está llena de colores y matices; todos responden a diferentes sentimientos y emo-ciones. Es la única forma que encuentro de entender cómo se expresa la existencia de cada uno de nosotros.
Cada cual elige su paleta, sus pinceles y la variedad de sus tintes. Es lo que proporciona a nuestro transitar alegrías, tristezas, felicidad, desgracia, fortuna, adversidad, afecto, despre-cio, amor u odio. Así podríamos seguir llenando nuestra existencia de tonalidades.
Yo elegí la mayor coloración para pintar la mía. No pude terminar mi cuadro todavía: me quedé en la paleta.
Hoy la miro completamente cubierta de colores que se mezclan entre sí —y otros que no—, pero es bellísima. No es un lienzo terminado; es un bonito intento, un gran deseo.
No logré equilibrar correctamente la razón y el deseo; lo moderno y lo primitivo de mi ser; la inteligencia y lo carnal.
Siempre quise darle a mi mente la oportunidad de desarrollar la mayor lógica, educación y capacidad de razonamiento: el poder de discernir entre lo bueno y lo malo, lo sano y lo in-sano, con un potencial de análisis capaz de ver más allá.
Pero también le di a mi corazón la mayor amplitud para amar y desear, junto con una varie-dad de posibilidades para encontrar el placer donde fuera.
Nunca pude separarme del instinto animal, educarlo ni encauzarlo dentro de las normas so-ciales que nos definen como personas: lo que sentimos, lo que fantaseamos o deseamos; có-mo enamorarnos, qué pretender de una pareja, cómo formar una familia y cómo vivir junto a ese ser amado.
No te estoy pidiendo disculpas por algo de lo que soy consciente y sobre lo cual he actuado en consecuencia.
Solo quería decirte que, cada vez que estuve contigo, te amé con pasión y con deseo. No me arrepiento y, si llegara a encontrarte, lo volvería a hacer: intentaría seducirte.
Lo único que puedo decirte o aconsejarte es que, si me ves venir de frente, te cruces de ve-reda.
Es mi razón la que te habla, porque mi animal no te perdonaría: te acecharía.
Te amo siempre, mujer…
