Por qué te amo

Era primavera. Salí de mi departamento, caminé por el pasillo rumbo a las escaleras. Subí sin apuro hasta encontrar el pasillo del otro piso. Me dirigí hasta la puerta donde me estaban esperando.

Al tocar, se abrió. Aparecieron dos mujeres. Conocía a ambas, por lo que no hubo necesidad de presentación. Estuvimos trabajando un par de horas y, al terminar, una de ellas se fue.

La dueña de casa me ofreció unos mates, que acepté para no ser descortés. Nos pusimos a conversar y, entre mate y charla, se estableció una conexión tan especial que el tiempo desapareció.

Había empezado a oscurecer. Nosotros permanecíamos dialogando; nunca nos dimos cuenta de encender alguna luz. Hablábamos como si siempre lo hubiéramos hecho, como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo único que nos interrumpió unos segundos fue el cerrojo de la puerta de entrada. Se abrió y se cerró. Sentimos que alguien entró, subió las escaleras que llevaban al segundo piso.

Ella me miró, sonrió y dijo con toda inocencia:

—Mi marido. Nada más.

Seguimos uniéndonos con emoción, con una seducción extraña.

Ya no se escuchaban los niños en el parque. Habían comenzado los ruidos de la noche. Miré por la ventana. Solo se veía en el horizonte una delgada línea roja: el sol se estaba yendo.

Nos despedimos. Caminé hasta mi casa.

No sabía cuántas horas habían pasado ni cuánto tiempo habíamos trabajado. Me sentía fas-cinado, arrebatado por su imagen, su silueta. Su tono de voz seguía en mí.

Esa noche fue adolescente, llena de sueños, diálogos internos sobre ella, con ella, de anhelos mutuos, de ansias de volver a verla.

Tenía la duda de saber si a ella le pasaba lo mismo. Busqué incansablemente cruzarme con ella en los pasillos, adivinar sus horarios de salida y entrada al edificio.

A medida que los días pasaban, mi pasión y mi deseo se acrecentaban. Con solo pensar en ella, el cuerpo me temblaba y se entrecortaba mi respiración.

Me sentía enamorado y no encontraba respuesta a este sentimiento tan fuerte. Todo lo que conocía o tenía entraba en contradicción: su familia, la mía. Lo establecido se acababa de caer, pero solo me preocupaba poder encontrarla nuevamente.

No sé cuánto tiempo pasó. Un día, fin de semana, sábado o domingo, no lo recuerdo hoy, salimos al patio para que los chicos jugaran al fútbol y los mayores tomáramos unos mates en familia junto a los vecinos.

Solo yo vi las ventanas abrirse y empezó a sonar una canción que hablaba de amor. Su autor se empeñaba en hacerme sentir lo que ella deseaba decirme.

Yo miraba el suelo. Me sentía afortunado. Se disiparon mis dudas: mi amor era correspondido.

Los demás no entendían la música. Para ellos solo era un bullicio fuerte. Arruinaba su descanso, su tranquilidad.

Comprendí su mensaje. Esperé con paciencia, aunque el deseo me devoraba por dentro.

Una noche la encontré. Ella entraba, yo salía. Hablamos. Le propuse encontrarnos otro día. En el momento en que asintió, su castaña cabellera se deslizó sobre su fino rostro.

Nos encontramos una mañana. Caminamos juntos. El mundo no existía, solo nosotros dos.

Ya en la habitación, me senté a observarla con detenimiento, para disfrutar su todo. Para desearla. Para ver sus movimientos. Para apreciarla toda.

Nos abrazamos. La besé con suavidad. Deseaba sentir desde el nacimiento de sus labios. Quería recorrer su cuerpo para no olvidarlo nunca. Oler el perfume de su piel, respirarlo como si me diera vida.

Nos fuimos desnudando lentamente, besándonos, enlazando nuestros cuerpos. Éramos uno, solo un cuerpo deseado por el amor.

No encuentro cómo describir lo que sentí en esos momentos. Todo me enamoró de ella: sus manos eran de una belleza inmaculada, me recordaban las estatuas griegas; sus ojos eran perlas negras; su piel, nacarada, de una suavidad…; su cuerpo, delicado, fino, hermoso.

Toda mi pasión le fue entregada con cuidado, lentamente. Era tan fuerte mi amor que me hería el corazón.

Ella se manifestaba del mismo modo que yo. Nuestros cuerpos se fundieron, nuestras ener-gías se unieron. Estuvimos perdidos mucho tiempo.

Estos días se repitieron todas las semanas a lo largo de un año.

Ambos terminamos con nuestros matrimonios, reconstruimos nuestras vidas juntos, pero cada uno en su propia casa. Seguíamos juntos, con la misma pasión que tuvimos aquella primera tarde en su antiguo departamento.

Una tarde se fue al extranjero, me dijeron.

Nunca supe qué sucedió con ella. Solo podía elaborar fantasías. No hubo más que su silen-ciosa ausencia e incomunicación.

La busqué durante mucho tiempo.

La encontré varios años después. Tanto ella como yo seguíamos sintiendo lo mismo; se res-piraba en el aire. Pero algo se había roto desde el día que había partido.

La he visto, hemos salido, hablamos por teléfono, nos saludamos en los cumpleaños, miro sus fotos y la sigo deseando como el primer día.

No sé si mi amor se quedó con ella. No sé si su amor se quedó conmigo. Tampoco sé si una parte de ella quedó prendada en mi alma o si la llevo conmigo. No lo sé.

Pero agradezco haberla conocido, haber sentido y sentir lo que siento por ella: este amor.

Ha transcurrido mucho tiempo. Muchas otras pasiones, seguramente, han pasado por nuestras existencias finitas. Pero cada día que mis pensamientos recurren a ella, solo siento gratitud por haberme dejado que la ame como la amo y sentirme tan amado.

Creo que este es el legado de la vida.

El día que nos vamos, podemos llevarnos ese amor que nos auxilió, que nos amparó y que nos ayudó a transitarla.

Solo sé que te sigo amando, Lili.

Posdata

Ayer la llamé para invitarla a almorzar. Quedé en pasarla a buscar por su oficina al medio-día.

La llevé al mismo restaurante al que solíamos ir. Ordené el vino que nos gustaba, Etchart Privado blanco, en una cubeta con mucho hielo. Ella siempre decía que era uno de los pocos torrontés que no daban dolor de cabeza, debido a que no usaban arsénico para la elabora-ción.

Para compartir, lomo con ensalada de radicheta con ajo, condimentada solo con aceite de oliva. Café para los dos.

Hablamos, recordamos y reímos como lo hacíamos en aquellos maravillosos momentos.

Le entregué el sobre con mi relato.

Lo leyó en silencio, con el sobre en su mano derecha y la carta en su izquierda. Solo bajó la cabeza y escuché su sollozo.

Me levanté, me dirigí hacia la salida. Casi sobre la puerta me di vuelta y la vi.

Me di cuenta de que estaba muerto.

Le acababan de entregar mi corazón.

El sobre tenía un rótulo que decía:

Para entregar a Liliana.

Y mi abogado estaba sentado a su lado.

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