De niño tengo muchos recuerdos que corresponden a diferentes edades, pero hay uno, en particular, que recién de grande pude comprender.
Nacía mi hermana, la inmediata a mí. No recuerdo haber sentido celos ni ninguna molestia por su aparición; todo lo contrario. Sentía curiosidad y seguía a mi mamá para ver qué hacía con ese bebé, mi hermana, que no me generaba todavía ningún afecto ni nada parecido. Era algo nuevo.
Pero sí evoco, y tengo impresa en mi memoria, una escena: el cuarto de mis padres, el sol de la tarde que entraba por la ventana con los postigos entreabiertos, yo apoyado sobre la cuna de mi hermana y mi madre con ella apoyada sobre su pecho.
No recuerdo el diálogo exacto, pero sí que le pregunté qué era lo que hacía. Ella, con mucha ternura, me dio a entender que mi hermana estaba tomando de la teta, la leche.
¿Por qué me remito a esta escena? Porque de ella surgió un diálogo con mi madre que me llevó años poder entender.
Antes debo decir cómo era yo.
Era un niño de dos años y nueve meses que tenía el vicio particular de usar tres chupetes, a los que denominaba pete gato, porque, en vez de tener argollas, tenían la cabecita de un gato. Uno en cada mano y uno en la boca.
Luego de aquella enseñanza nutricional y maternal sobre mi hermana y la teta, la conversación hizo un giro hacia mi persona, mi edad y mis chupetes.
Obviamente, mi madre depositó en ellos toda su pedagogía —por no decir otra cosa que la agravara— para hacerme entender que, teniendo una hermana recién nacida, yo ya estaba en edad de abandonar mi vicio: mis chupetes, a los que adoraba.
Sé que tuve el convencimiento de que lo que mi madre me decía era cierto y de que ya era grande. Lo recuerdo como un acto de absoluta certeza.
Motivado por esto, fui a la cocina y me paré frente al tacho de basura, que más que tacho era un cajón de manzanas forrado con papel de diario y ubicado entre las cocinas de gas y eléctrica.
Allí los dejé.
Mis pete gato.
Fue un arrojo de valentía. Registro aquel acto como un crecimiento.
Se lo mostré a mi mamá. Ella me besó y asintió ante lo que había hecho.
Lo que nadie supo nunca es que me arrepentí.
Durante mucho tiempo fui a la basura a buscar mis chupetes, pero nunca los encontré. Y no entendía nada. Si yo los había dejado allí, ¿por qué no estaban?
Nadie me explicó que los minutos pasan, que pasan las horas, que pasan los días y que también pasan los basureros.
Muchos años después entendí que mis pete gato se habían ido aquel día.
Que los extrañé todas las veces que fui a buscarlos.
Y que nunca los iba a encontrar.
Cómo cambia la vida cuando nos damos cuenta de que lo único que no podemos detener es el tiempo. Cómo cambian nuestras perspectivas sobre nuestras necesidades.
