El silencio ahoga el horizonte
en un lienzo de azul cobalto.
Tan profundo es su vacío
que todo retumba, que todo habla.
Susurros dolientes emergen
desde distancias inexplicables
—o inexistentes—.
Los colores pierden su esencia,
los gases se entrelazan,
y todo se transforma.
Surge lo etéreo:
un acorde grave y lento
vibra en las venas de la tierra.
Solo el silencio lo transmuta.
De ese acorde oscuro brotan abismos salientes,
golpean la nada heterogénea,
crujen como ramas rotas,
pero no tienen adónde ir.
Todo vuelve al silencio,
y el tiempo se disuelve.
