Anoche, cuando aún respirabas conmigo

Anoche, ya en la madrugada, en el silencio,

te vi recostada a mi lado, dormida,

envuelta en una infinita tranquilidad

que parecía sostener el mundo.

Dicen que los deseos se cumplen.

Era como arañar la memoria del ayer:

tu cuerpo, plácido a mi lado, en paz,

como si nunca se hubiera ido.

Intenté dormir para recordar tu frescura,

pero no fue posible:

tu respiración movía el aire,

ocupaba la noche.

Eras real,

haciendo pesar las sábanas a mi costado.

Discutía con la oscuridad:

—enciende las luces del día—,

porque tuve miedo,

porque pensé que te irías

otra vez.

Ay, amor, no pude.

Quedé inmóvil y en silencio,

pensándote,

en tus palabras, sí,

en que vendrías a descansar junto a mí

cuando la muerte te agobiara

o cuando me extrañaras

como ahora te extraño yo.

Te amo.

Y hay veces que no sé

si fuiste tú quien se fue

o fui yo quien partió

sin darme cuenta.

De vez en cuando,

sí,

vuelvo a saludarte en la noche,

porque aún te nombro,

porque aún te espero,

porque te extraño.

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