Pequeños hongos,
dioses de pigmento y de puntos,
de múltiples colores, con el lomo manchado
por la cal de las estrellas,
caminan y discuten
porque no tienen flores.
Peregrinos.
Recorren los senderos húmedos del bosque;
todos opinan, todos discuten:
los porqués, los buenos, los malos.
Avanzan golpeándose,
en una sorda colisión de pieles,
dejando caer sus esporas,
arquitectura de sí mismos.
Nadie logra ponerse de acuerdo.
El orden, en la asamblea del musgo,
germina la vida y el abismo;
la incertidumbre echa raíces blancas.
Todo crece a su alrededor,
hasta lo incierto.
Y llegan a ti, a mí, abrazados,
dormidos,
y comprenden la singularidad de la vida
cuando regresan a sus rincones.
En todos los caminos quedan hongos,
retornando al reino de su sombra,
bendiciendo cada sendero,
saludando en silencio.
