Decir amor
es hablar de incógnitas.
Decir “me enamoré de ella” o “de aquel”
suena a sinfonía dulce,
acorde al cuerpo
que se ruboriza por fuera
y se enternece por dentro.
Decir amor:
qué rústico el término para tanto sentir,
como un cavernícola
que solo ama con dolor.
Cuánto se sufre por el amor,
palabra simple y, sin embargo, infinita.
De amores:
te busco, te pienso
sin saber quién eres.
Te imagino cada día,
sentada en cada silla distinta,
y nunca te encuentro.
Cada noche, la soledad
padece tu ausencia muda, inexistente.
De amores:
moriré un día y pensaré en ti,
en lo que pudo ser y no fue.
Lloraré en mi propio velorio
por no haberte conocido,
por haber dejado la vida
en un soplo de egoísmo,
de banalidad,
de miedo a amar un rostro invisible.
De amores:
vivimos y morimos sin atrevernos a amar.
Nunca sabré de ti,
solo lo leído, lo presentido.
Amor sin nombre,
ceniza de títulos vacíos.
Y te fuiste, como la vida.
Y la muerte nos unió al final.
Único instante juntos:
al morir,
sin saber que siempre estuvimos enlazados.
Solo el dolor de tu ausencia
nos adormeció en la nada,
y así,
morimos en paz.
