El carrusel del tiempo

Urdir la mente al sistema y esperar.

Ver los caños en pantallas extrañas,

tapados y destemplados bajo luces tenues:

masas inertes, descampadas de la realidad.

Pequeños roedores giran y giran,

como caballos viajeros de un carrusel eterno,

royendo el aire en círculos

sin avanzar un solo paso.

Todos suben a la rueda, caminan.

Andan como extraviados entre sortilegios amables

y, de vez en cuando,

alguien arranca la sortija:

un compromiso arbitrario del destino.

Se cruzan contigo, amor,

y miras de soslayo los días, las vueltas, los ojos fatigados.

Te pensaba perdida, pero habitas el mismo sitio:

no sales del lugar.

Siempre vuelves a tentar la suerte,

reparas los escombros

o eliges girar nuevamente

en la bóveda imaginaria: anhelas el retorno.

Pero entiendo que hasta el tiempo tiene costo,

su propio final, sus cenizas.

El tuyo, el mío,

el nuestro también.

Y, sin embargo,

el tiovivo sigue alegrando

las tardes de los niños.

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