Sebastián tenía la costumbre de sentarse en la verja de ladrillos a tomar mate; la traía de chico. Le encantaba apoyarse en la pirca y observar la vereda de tierra, el agua del canal, los árboles, sus troncos y sus hojas cuando las tenían. Ver pasar los pocos autos que existían en aquella época. Los perros que olían esos árboles, marcando su territorio. Las personas que pasaban. Los colectivos con los pasajeros sentados y parados, cada uno con el reflejo de su alma impreso en la cara. Las diferentes aves que saltaban de rama en rama o que eran pasajeras en ese instante.
También estaban los abuelos, que habían sido abandonados por sus familias en aquella casa vieja que alguna vez había sido una escuela modelo. De vez en cuando les permitían dar la vuelta a la manzana y hablaban con Sebastián: le mostraban algún prendedor, reloj o lo que fuera para enseñar lo que habían sido y no ese despojo al que los habían llevado.
Todo esto lo entretenía.
Su mamá siempre lo retaba porque era chico y no le gustaba que estuviera tan cerca de la calle; le parecía peligroso. Pero él, cada vez que podía, se escapaba para poder ver ese paisaje que lo sublimaba, que lo apasionaba.
Sebastián era un cabildero, un curioso, un chusma de la vida cotidiana. Le fascinaba observar e imaginar más allá de lo que veía, y hoy, de grande, seguía haciendo lo mismo.
Trabajaba en una oficina sin luz natural, sin ventilación, llena de documentos, tintas, piojos y pulgas del papel, de aire viciado por los años de encierro.
Pero cada tarde, al regresar del trabajo, se tomaba el tiempo necesario en el baño para sacarse con agua y jabón esa piel gris que lo cubría, despojándose de ese manto de oscuridad que absorbía cotidianamente en aquel cuarto.
Sabía que no tenía opción, que no había sido una elección, que era lo único que tenía para vivir: nunca quiso estudiar nada. Asumía que era el resultado de su irresponsabilidad, de su inmadurez.
Pero al salir limpio, libre de despojos, se transformaba en otra persona.
Tenía ritos que él consideraba de salud: preparaba su termo, su mate y salía al jardín. Se descalzaba, caminaba por el césped y con sus manos acariciaba las ramas y las flores; y cuando no las había, cortaba hojas, las refregaba entre sus manos y sentía su olor, su perfu-me.
Respiraba profundamente el aire puro y se sentía rejuvenecido, vivo.
Salía a la vereda, se abrazaba al mismo árbol todos los días y lo besaba.
Se sentaba a tomar unos mates y observaba el movimiento de la calle. Le encantaba, lo dis-frutaba, olvidaba de dónde venía; solo percibía dónde estaba.
Todos los días la calle, su circulación, su tráfico y su actividad eran parecidos: los horarios de los vecinos, los autos, los chicos en bici y caminando. Solo cambiaban los colores, la temperatura y los ruidos.
Todo era muy parecido, pero a él le encantaba estar sentado allí.
Era feliz.
Una tarde, algo nuevo sucedió.
Por la vereda de enfrente pasó una mujer con dos niños que caminaban tras ella, como pollitos. Llevaba una bolsa de compras en la mano.
No pudo verle el rostro: su cabello se lo cubría, caminaba cabizbaja, silenciosa.
Esta escena se repitió durante días, capaz que semanas.
A Sebastián le intrigaba mucho esta mujer, que iba con la bolsa vacía y volvía con la bolsa llena.
Un día, cuando regresaba de hacer las compras, ella se corrió el pelo, lo miró y bajó nueva-mente la cabeza.
Todos los días hacía lo mismo, pero cada día descubría un poco más su rostro.
También había notado que su vientre estaba creciendo: esperaba familia.
En la medida en que crecía su vientre, la mujer se fue recogiendo el pelo, lo miraba y le regaló las primeras sonrisas.
Hasta que un día terminó levantando la mano en forma de saludo cada vez que pasaba fren-te a él.
Eran dos desconocidos que, de tanto verse, sentían esa amistad extraña y cotidiana.
Ella dejó de pasar por el frente de su casa durante unos días.
Sebastián extrañaba su «visita», su paso diario…
A los pocos días la vio nuevamente.
Llevaba un carrito paraguas, la bolsa de compras y a los dos niños por detrás de ella, en fila.
Esta vez, cuando regresó del súper, lo hizo por su vereda y, al pasar frente a él, lo miró y lo saludó con un:
—Buenas tardes.
Él respondió sorprendido.
Los días fueron pasando e incrementaron el saludo, los diálogos y el tiempo que ambos se entregaban mutuamente.
Eran como citas a ciegas, pero siempre entre ellos: conversaciones, chismes, picardías, chistes, mientras los niños jugaban.
El mate pasó a ser una forma de unión; compartían un pequeño espacio de sus vidas entre cebada y cebada.
Ella se llamaba Rebeca.
Durante meses la rutina fue la misma: iba por la vereda de enfrente, regresaba por la vereda de Sebastián con los dos niños y la pequeña Rocío.
La relación se fue profundizando cada día más en los intereses y visiones sobre la vida, en el vínculo afectivo que se expresaba en silencio y oculto a través de los mates.
Sebastián notó que Rebeca estaba embarazada nuevamente; su maternidad florecía en ella.
Sus tiempos juntos aumentaban al ritmo en que su panza crecía. Sus movimientos eran cada día más lentos y suaves. Las conversaciones eran sustancialmente más ricas y prolongadas.
Una tarde, Rebeca pasó sin los hijos.
Solo llevaba la bolsa.
Sebastián no entendía qué estaba pasando. Ella no había comentado nada.
Quedó preocupado, esperando su retorno de las compras.
La observó de lejos mientras se acercaba: venía caminando ya con dificultad, muy pesada ella, muy pesada su bolsa.
Cuando se le acercó, Sebastián, por primera vez, se ofreció a llevarle la bolsa y acompañarla hasta su casa.
Ella accedió, se la dio y, en el momento en que cruzaron las manos para la entrega, se tocaron y sintieron la tibieza de sus dedos.
Cuando llegaron a la casa de Rebeca, él se sorprendió.
Era una quinta llena de frutos y verduras.
Se quedó parado en la puerta… con respeto.
Ella lo miró y lo invitó a pasar.
Él estaba en un estado desconocido; no comprendía la belleza de ese lugar ni el poder estar con ella.
Caminó hacia una mesa que estaba en la entrada de la vivienda y depositó las compras.
Ella lo miró con toda la suavidad posible y le pidió que la esperara, que ya volvía.
Al rato regresó: traía puesto un delantal de bolsillos grandes y un baldecito con agua.
Se lo dio, cruzó su brazo con el de Sebastián y lo guió caminando muy lentamente.
Fueron a los parrales, y de cada tipo de uva sacaba una, la lavaba y le pedía que la probara; lo que restaba lo guardaba en el bolsillo del delantal.
Fueron a los mandarineros: pelaba un poco de cada tipo, le hacía oler la fragancia, le convidaba un gajo y guardaba lo que sobraba. Lo mismo sucedió con los naranjos.
Después lo llevó a los durazneros y damascos, le hizo sentir la aterciopelada piel que los cu-bría y le pidió que los probara.
Todo lo metía en ese bolsillo que parecía ser gigante.
Así recorrió la quinta entera, sus frutales y sus verduras.
Como si hubiera terminado la visita guiada, ella y él estaban parados al lado de la mesa donde Sebastián había dejado el bolso de las compras.
Rebeca tomó una fuente que reposaba en ella y, muy lentamente, la fue adornando con los frutos y verduras que traía en su delantal.
Sebastián estaba como perdido ante todo lo ocurrido.
Había experimentado el deseo y la pasión en cada bocado: los diversos sabores y jugos recorriendo sus labios, la dulzura de las manos de ella que le llevaban a la boca todos esos pequeños manjares, la ternura de cada uno de sus movimientos.
Estaba extasiado, maravillado de ese mundo tan extraño para él.
Lo tomó de la mano y, sin decir nada, lo acompañó hasta la puerta.
Se detuvieron.
Se tomaron de las manos.
Se miraron.
Despacio se fueron acercando, hasta que sus cuerpos terminaron en un abrazo profundo, largo, interminable.
Al separarse, él le besó la frente y ambas manos.
Ella no dejó que él separara sus manos de las suyas.
Las apoyó sobre su vientre para que sintiera cómo se movía su hijo.
Él lo sintió y, en un susurro, le dijo que era suyo.
Le rodaron las lágrimas por la mejilla. Se arrodilló para abrazarlo, besarlo y decirle algún se-creto que Rebeca no escuchó.
Ella quedó parada en silencio, abrazando a su hijo en el vientre, con los ojos bañados en lá-grimas, mientras él se iba caminando sin querer irse, con su propio llanto: lágrimas que no podía detener ni simular que no existían.
Llegó a su casa desolado.
Se sentó en el muro de ladrillos fríos y húmedos.
Tomó el mate y el termo que estaban escondidos y cebó uno.
Había oscurecido ya.
El silencio de su calle era infinito, abrumador.
Su calle ya no era su calle.
Él ya no era el mismo.
