He visto a la mujer más hermosa del mundo. Me he enamorado con solo verla: con su cami-nar dulce, apacible, sencillo. Bella como pocas.
La he seguido por el supermercado sin que se diera cuenta y he comprado lo mismo que ella.
Pongo la olla al fuego, un poco de manteca, pimienta. Introduzco el pollo para dorarlo, lo voy girando, le agrego caldo, lo huelo, disfruto los aromas, la recuerdo.
Le agrego estragón y dos clavos de olor. Una pizca de sal.
Lo dejo hervir, que se evapore un poco el caldo. Salen vapores de una suavidad tan extrema que me recuerdan su perfume en el súper.
Bajo el fuego y le agrego las papas para que se cocinen en su jugo.
Apago la llama para que termine su cocción.
Pongo la mesa para los dos. Prendo una vela. Descorcho el vino blanco que estaba en el congelador y sirvo las copas.
Paso la comida a una fuente y la emplato.
Pienso en ella, que estará comiendo el mismo pollo, las mismas papas, con las mismas espe-cias…
Me siento especial.
La amo.
