Mi amigo Fidel

Graciela salió del médico desahuciada por la confirmación de lo que ya sabía: debía operar-se ambos pies al mismo tiempo, algo que no quería o venía demorando. No solo la interven-ción era su problema, sino también el posoperatorio. Tenía que pensar en cómo resolver ambas situaciones a la vez: todo un delirio de angustias y desamparo.

Ya en la vereda, se sentó en el borde más cercano, sacó su celular y empezó a llamar a toda su agenda de amigos y amigas que pudieran escuchar la versión de su congoja, de su desconsuelo.

Nadie contestó a su clamor.

Se le sumaban a este estado la zozobra y la desesperación de su soledad. Estuvo a punto de llamar a su único hermano, pero ya sabía la respuesta: iba a ser, como siempre, un «sí, pero…», un sí condicionado a futuro.

Ella no estaba dispuesta a sentir su vacío diálogo en ese día, en ese momento.

Se paró y comenzó a caminar por la calle sin un destino fijo, pero con la brújula puesta en su única protección: su casa.

En ese deambular, aislada del resto del mundo, percibió unos pasos suaves y lentos detrás de ella.

Se detuvo.

Los pasos también.

Se asustó.

Dio media vuelta y sonrió. Hacía tiempo que alguien no le caía tan bien a primera vista.

Él le sonrió, se sentó en el cordón de la vereda y se le aproximó.

Ella inmediatamente comenzó a hablarle. Pudo decirle todo lo que le pasaba, sentía y la angustiaba.

Él no se fue.

Todo lo contrario: se quedó a su lado y le acariciaba la mano.

Pasada más de una hora de descarga, de monólogo tras monólogo, Graciela le dijo:

—Porque vos me entendés bien lo que te digo, Fidel… ¿no, Fidel?

Ella sonrió. No sabía por qué le había dicho ese nombre.

Él no se molestó y aceptó que ella lo llamara así.

Arrancó nuevamente hacia su casa, pero ya tenía otra cara.

Lo miró a él, todavía sentado, y lo invitó a ir con ella.

El rebautizado Fidel no tenía hogar ni familia; vivía en la calle «de la caza y de la pesca», como decían los abuelos.

Antes de llegar a su departamento, Graciela lo llevó al médico para saber cuál era el estado de salud de Fidel; no por ella, sino por él.

Se merecía esa atención.

Estaba bien. Un poco desnutrido y con algo de falta de higiene, nada más.

Ya más contenta, le compró todo lo que suponía que a su nuevo amigo le haría falta.

Él la seguía, no se quejaba. Cada tanto se detenía y la miraba. Parecía sonreír ante aquella mujer que podía cambiar tan rápido de ánimo.

No la juzgó.

La imitaba en su caminar mientras la acompañaba.

Así se acompañaron.

Ya en el departamento, Graciela le preparó su cama, su espacio.

Esta convivencia tranquila duró hasta la operación de ella.

Él no pudo acompañarla.

El hogar, que había sido una paz, se transformó en una locura: estuvo dando vueltas por la casa como un trompo, tirando todo lo que encontraba a su paso.

Estaba enfurecido por la ausencia de Graciela.

El día que la trajo la ambulancia y entró a la casa, él enloqueció más todavía.

Pero al verla en la cama, sintió —o percibió— que ella no estaba bien.

Se le acercó, le tocó las manos y le dio unos besos.

Se quedó a su lado para no separarse más.

Duerme con ella y es su más fiel devoto.

Solo se levanta para mover sus patas e ir a la cocina, donde tiene su caja, como todo gato.

Ambos han encontrado la felicidad en la presencia del otro.

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