Ella

Él se levantaba todas las noches para ir a dormir con ella. Bajaba de su cama y gateaba, haciendo un largo recorrido hasta su cuarto.

El recorrido era siempre el mismo: partía de su propio cuarto, giraba y bajaba con los pies hacia adelante, panza abajo, para superar un escalón; atravesaba parte de la galería de in-vierno, subía otro escalón y gateaba por el comedor diario —que era eterno— hasta llegar a la cocina.

La cocina siempre estaba oscura.

Empujaba la puerta de su habitación, recorría un pequeño pasillo y atravesaba el cuarto hasta encontrar su cama.

Metía la mano bajo las cobijas y las sábanas, recorría sus piernas cansadas y sentía los vellos duros.

Ahí despertaba ella, abría las sábanas y lo subía, dejándolo acostarse a su lado.

Él seguía tocándola y oliéndola hasta acomodarse y dormirse.

Todas las noches sucedía lo mismo, como un ritual.

Una noche le cerraron la puerta entre la galería y el comedor. Por suerte, al vidrio de abajo le faltaba un trozo y pudo sortear el obstáculo.

Logró su fin: dormir con ella.

Pasaron días, no sé cuántos. El recuerdo del tiempo no es válido: no tenía conciencia de él.

La que sería la última noche la tengo muy presente, porque no pude cruzar el paso. Estaba bloqueado.

Habían reparado el vidrio.

No entendía.

Hoy soy consciente de que era un vidrio.

Recuerdo haber estado allí… ¿cuánto tiempo? No sé.

Empujaba la puerta y nada.

Me quedé dormido llorando.

Era de día ya cuando ella abrió la puerta y me alzó. Yo estaba junto al escalón de la puerta cerrada.

Tengo algunos recuerdos de otras noches, no más.

Hoy, ya grande, llevo impresa en mi memoria su piel, los vellos de sus piernas, el armazón de su corpiño, la textura de su enagua y el olor de su cuerpo como algo muy propio, muy mío.

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