Infancia… el día después

Córdoba. Diciembre. Finales de la primavera. Mucho calor.

Patricio y sus amigos estaban jugando en el fondo de su casa.

Esta tenía un terreno muy grande, de cincuenta por setenta metros, con una casa en el centro, de techos a dos aguas y tejas españolas.

En el jardín había pinos, cipreses, cedros y un aguaribay, todos muy antiguos y de grandes dimensiones. También había frutales, todos cítricos, un laurel y un nogal.

El frente tenía césped. La parte de atrás, o fondo de la casa, era toda de tierra, rodeada por una verja y una pirca baja.

Esa tarde, Raúl, Manuel y Patricio se dispusieron a inventar un río. Aprovecharon la canilla del jardín como fuente generadora de agua, ubicada junto a una piedra redonda y gigante.

Construyeron islas, caminos, puentes, bosques y montañas. Trajeron ladrillos a modo de piedras y rocas para la construcción de las fortalezas.

Cada uno fue a su casa a buscar los soldaditos, camiones, tanques y todo lo que sirviera para llevar adelante una guerra gigante… de gran magnitud.

Raúl no solo trajo todos sus soldaditos, sino que también le había sacado a su hermano me-nor, Elías, un avión Gloster de color azul que recién le habían regalado. Lo iban a guardar para el ataque final.

Patricio fue al baño de sus padres y sacó algodón y alcohol del botiquín de primeros auxi-lios. De la cocina, unos pocos fósforos y un pedazo del costado de la caja para poder encenderlos.

Se pusieron a jugar.

Empezaron, como todos los niños, a ser parte del juego, a sentirse parte de los juguetes y los juguetes parte de ellos.

Se amalgamaron.

Los chicos lo vivían de esa forma.

En medio del juego, cada uno se fue a merendar y volvió lo antes posible para poder seguir.

Así estuvieron varias horas.

Llegando al final de la guerra, debían quemar el avión. Tarea complicada si las había: necesitaban evitar la mirada de los adultos, ninguno tenía que quemarse y Elías no debía estar.

Le prendieron fuego.

Sufrieron quemaduras varios soldados de ambos bandos. Los médicos y enfermeros, con sus camillas y ambulancias, iban y venían.

Tiros, bombas, ahogados, el río que se desbordaba…

Todo era parte del juego.

Fue una tarde muy divertida.

Al avión lo tuvieron que enterrar con los soldados quemados para no dejar rastros.

Habían quedado tan emocionados por el juego que decidieron no levantar lo construido pa-ra seguir jugando al otro día.

Pusieron los juguetes en una caja de madera.

Cada uno se fue a su casa.

Ya era de noche.

Al día siguiente se juntaron para empezar a armar nuevamente todo el escenario de la guerra.

Para Patricio fue diferente.

No pudo conectarse con ellos, ser parte nuevamente de aquel mundo de fantasía, sentirse un soldado, ser parte del fuerte ni sentir la tierra como la había sentido el día anterior.

Tocó cada soldado, camión y tanque.

Incluso desenterró el avión quemado para tratar de recuperar la emoción de incorporarse al escenario de la batalla.

No podía.

Sentía una falsedad interior al intentar estar en ese lugar sin estarlo.

Entre ayer y hoy, algo había cambiado en él.

¿Había perdido la imaginación?

¿El ensueño?

¿La ilusión?

¿La fantasía?

¿Esa rara habilidad que todo niño tiene?

Jugó, sí, pero sin ser parte del ejército, del juego.

Recuerdo haberlo visto hacer un gran esfuerzo mental para tratar de sentir lo mismo que había sentido el día anterior.

No pudo.

Jugó haciendo el esfuerzo.

¿Qué fue lo que perdió?

No lo supo.

¿Qué fue lo que pasó?

Tampoco.

Era muy sencillo:

Había dejado de ser un niño.

Su química interior había empezado a cambiar ese día.

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