“Fue Darwin, en 1872, en La expresión de las emociones en humanos y animales, quien postuló que existen emociones básicas como la tristeza, la alegría, la ira, la sorpresa, el disgusto o el miedo, en los animales, que son homólogas a las humanas y están presentes en las diferentes especies y culturas. Las pasiones, como llamaban a las emociones los griegos, son las que nos relacionan con nuestra evolución como especie y, a la vez, nos hacen únicos en el reino animal.”
El viento del norte, cálido, suave pero constante, fatigaba las montañas. Sus pajas amarillentas bailaban a un mismo ritmo y sus rocas denotaban el pasar del tiempo.
Entre los claros y oscuros de una de sus laderas sobresalía algo distinto… Una silueta, una figura sentada en un montículo, inamovible, tranquila.
Era un hombre acomodado sobre una piedra a modo de banco. Tenía una camisa y un pantalón que alguna vez habrían sido blancos, un sombrero tejido de fibra, los pies descalzos y las manos hechas solo de pliegues de piel y cicatrices, de un color marrón teñido por los rayos del sol. Su cabello era como las cenizas, sin un corte definido.
Miraba el horizonte apaciblemente, sin apuro alguno.
La brisa acercó a sus pies… un algo.
Solo lo divisó como una sombra que se aproximaba; no prestó atención. Seguía iluminado por la belleza de los colores del paisaje, sus cambios de tonos, sus sombras, sus brillos y ma-tices.
Ese algo le golpeó suavemente el pie derecho, haciéndole cosquillas y llamando su atención.
Lo miró: era lo que quedaba de un libro, hoy sin tapas, descosido, con sus hojas ajadas, rotas y sucias.
Lo tomó del piso. Era suave a sus manos. Lo golpeó contra la rodilla para sacarle el polvo, lo acarició y trató de darle su forma primitiva; no estaba completo.
Lo revisó: eran restos de un antiguo diccionario.
Sonrió, lo abrazó por un rato, levantó la vista, miró para todos lados y se dio cuenta de que no había caseríos, escuelas, caminos o senderos que pudiesen orientarlo o hacerlo pensar que alguien podría haberlo perdido, extraviado, olvidado, dejado o abandonado.
Solo la brisa suave era la responsable de llevarlo hasta sus pies.
Contempló sus alrededores.
Observó con detenimiento los pequeños y grandes movimientos que lo rodeaban: vio hormigas, escarabajos, langostas, mariposas, una lagartija que correteaba por las piedras, una serpiente, una perdiz, un cuis, una liebre, un zorro, una que otra paloma y, de pronto, un águila que marcaba la inmensidad del cielo con su vuelo circular.
Recordó a su maestra, la señorita Quelita, de la que todos los niños estaban enamorados.
La escuela era una sola habitación donde estudiaban todos los alumnos, de primero a séptimo grado.
Quelita enseñaba todas las materias: Castellano, Aritmética, Geografía, Historia y Manualidades, pero siempre reiteraba una frase que usaba como muletilla:
—La diferencia entre el hombre y los animales es su inteligencia, su capacidad de pensar…
La repitió en voz alta como la recordaba.
Había pasado mucho tiempo ya.
Reparó a su alrededor nuevamente y tomó el diccionario para entender lo que la señorita le decía cotidianamente.
Buscó similitudes entre el hombre, los animales y los insectos que lo rodeaban en esa inmediatez.
«La hormiga y el escarabajo trabajan constantemente; el hornero construye su casa; el águila, el zorro y la serpiente cazan para alimentarse; la paloma junta en su buche el alimento para llevarle a sus crías».
Y así siguió buscando, notando que había más parecidos que desigualdades.
Abrió el diccionario y rememoró al párroco Juan, que todos los domingos hablaba:
«Del trabajo, de la honradez, de la bondad, de la honestidad, del cuidado de la familia, de la crianza de los hijos…».
Y las otras palabras difíciles que nunca entendió:
«Abarisia, gola, soberbio, enojo, lujoso, enbidia y vago».
Inmediatamente tomó lo que quedaba del viejo diccionario y empezó a buscarlas con pa-ciencia; la lectura no era su fuerte de niño y menos hoy.
Abarisia era «Avaricia: deseo de acaparar riquezas».
Gola era «Gula: glotonería, el consumo excesivo de comida y bebida».
Soberbio era «Soberbia: deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando en halagar a los otros».
Enojo era «Ira: que puede ser descripta como un sentimiento no ordenado ni controlado de odio y enojo. Estos sentimientos se pueden manifestar como una negación vehemente de la verdad, tanto hacia los demás como hacia uno mismo».
Lujoso era «Lujuria: pensamientos excesivos de naturaleza sexual».
Enbidia era «Envidia: aquellos que desean algo que otros tienen, y que perciben que a ellos les hace falta, y por consiguiente desear el mal al prójimo y sentirse bien con el mal ajeno».
Vago era «Pereza: referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo, desgano por obrar en el trabajo o por responder a los bienes espirituales».
Cerró el diccionario y definitivamente entendió que nunca lograría comprender la muletilla de Quelita.
Dejó que el viento se hiciera cargo de las hojas… sin preocupación alguna.
El hombre se acomodó, como siempre, en su piedra, envuelto en los sonidos de la naturaleza… mirando la caída del sol sobre el horizonte.
