No puedo quedar ausente,
dejar de ver su altura,
y de pensar en todo lo que era,
todo expuesto en un plano.
Los besos que te he dado
son los susurros al alma.
No puedo dejar de espiarte,
dejar de ver tus movimientos,
y de pensar que caminábamos.
Los abrazos que te he dado
no fueron aires de pérdida.
No puedo abandonar el suelo,
dejar de ver el cielo azul,
y de pensar en los atardeceres.
Los miedos que he tenido:
no encontrar las salidas.
No puedo no encontrarte,
dejar de ver tus luces, tus destellos,
y de pensar en abrazarte.
Ya no veo ni pienso en los sigilos,
ni siento la humedad de las paredes,
ni el calor de tu cuerpo sobre mí.
No puedo desenterrar los laureles,
dejar de ver los horizontes,
y de pensar que fue todo en vano,
ahora que ya no estás conmigo.
No puedo someterme al fin,
dejar de ver los soles y las lunas,
y de pensar que los arcoíris no serán;
que ya solo eres un recuerdo al aire,
que la vida se fue con el viento del atardecer.
Sola, sin darme cuenta de que se había deshojado,
pude recordarle la mirada de niña
cuando me di cuenta de que se había esfumado.
¿Cómo puedo saber dónde estoy?
¿Cómo dejar de ver las ternuras de los días,
y de pensar que no me di cuenta
de que ya te habías ido para no volver?
