Mi niña bonita, jardín de los encantos,
irrumpes en este amor dulce y secreto
que el viento de la colina estremece,
como una sombra errante sobre el horizonte.
Es el canto lejano de los jilgueros
que se entregan entre el mar y la luz,
sobre la tierra sedienta de verano.
Dime, mi niña, ¿lo has visto cruzar?
¿Qué dirían tus ojos si lo encontraran?
Si vieras el mundo como yo lo miro,
si supieras lo que resguarda mi pecho,
pondrías tu silencio junto al mío,
aunque el día todavía no lo sepa.
Dime algo, flor de mis desvelos;
no dejes morir este sueño
cuando la luz venga a reclamarnos la vida.
Quédate un instante en mi horizonte,
como la última estrella que resiste al alba,
como una brasa de amor entre la niebla.
