La nube desciende,
el páramo observa,
exhausto y deseante.
La cumbre —como tú—,
impávida, quieta,
humedecida por el rocío,
serena en su espera.
La niebla cubre su mirada,
la envuelve suavemente.
¿Qué decirte, amor?
Esa vista —mi vista—
no cambia,
ni cambia lo que siento.
Te amo como eres,
como el paisaje:
tan amable como el alba,
tan bella como el horizonte,
tan dulce como el rocío.
Tu tierna sonrisa
transforma la cumbre,
la redibuja cada mañana.
Eres el agua que desciende,
borrando la forma,
la realidad,
dejando apenas la fantasía
de este amarte sin final,
como la bruma en la montaña.
