José llegaba todos los días a su casa después del trabajo y arrastraba consigo el ruido, las corridas, la violencia y el acelere de la calle. Todo se le pegaba, todo lo arrastraba. Siempre sentía ese malestar y no sabía cómo resolver aquella alienación.
Su departamento era un monoambiente y, todos los días, al regresar, parte de su tiempo lo pasaba pensando cómo solucionar ese conflicto que no le permitía escapar.
Un fin de semana tuvo una idea para resolver la situación. Se fue a una gran tienda de mate-riales de construcción y compró todo lo necesario para levantar un panel de vidrio que sepa-rara el ambiente en dos.
Después fue a una casa de electrodomésticos y se trajo doce televisores de pantalla plana y… un jacuzzi.
Mientras esperaba que llegaran las compras, comenzó a reorganizar el hogar para generar el espacio necesario.
Puso todos los televisores en una misma pared, formando una pantalla gigante. Los aisló con el panel de vidrio como separador y ubicó el jacuzzi del otro lado, en el segundo am-biente.
Cada día, al regresar, encendía los televisores en un canal diferente de noticias —de los más importantes del país y del exterior—. Todos permanecían en silencio.
Prendía el jacuzzi mientras se preparaba alguna bebida acorde con lo que fuera a comer.
Estaba feliz. Sentía que, mientras permanecía en su baño de inmersión, entre burbujas y mo-vimiento, observaba al mundo desde afuera.
Había resuelto su conflicto.
Estaba aislado.
José seguía apoyado en los barrotes de la ventana de su habitación, mirando el jardín donde caminaban o descansaban los otros internos.
