Mutación estructural del sistema político argentino: La reconfiguración del poder y el agotamiento de la vieja partidocracia
La teoría clásica de la ciencia política ha pretendido sostener, casi como un dogma de fe, que la estabilidad de los sistemas democráticos representativos descansa en dinámicas bipartidistas o en la existencia de dos grandes coaliciones capaces de ordenar el mapa electoral. En la Argentina, este esquema vertebró la disputa por el poder desde la restauración de 1983 hasta la disrupción del sistema de partidos, inaugurada tempranamente por el surgimiento del PRO y consumada hoy con el ascenso de La Libertad Avanza. Sin embargo, no estamos presenciando una mera alternancia de gobierno ni un simple giro pendular; lo que se despliega ante nuestros ojos es una reconfiguración hacia un bloque de derecha radicalizado que no representa una réplica del espacio fundado por Mauricio Macri, sino su fase superior y evolucionada en la profundización del programa de mercado.
Frente a esta nueva ingeniería del poder, la oposición tradicional naufraga atrapada en su propia incapacidad teórica y sociológica. El arco político tradicional se desmorona a partir de dos vectores concurrentes: por un lado, una Unión Cívica Radical cuyas oscilaciones parlamentarias y erráticas alianzas terminaron por neutralizar su capacidad histórica de contrapeso institucional; por el otro, un Partido Justicialista que se desangra en disputas de liderazgo feudales y en la proliferación de subbloques parlamentarios que impiden estructurar un frente homogéneo frente al avance del Ejecutivo nacional.
Esta debacle generacional deja al descubierto una fractura inocultable en la clase política. Por un lado, la llamada «clase del 83» —aquellos dirigentes que heredaron y administraron la restauración democrática— descansa hoy gorda y satisfecha en el regazo del establishment corporativo, cómodamente instalada en los negocios de la salud o vinculada a los verdaderos dueños de la energía. Por el otro lado, las capas emergentes surgidas en la contienda de 2023 demostraron que el error trágico de la vieja dirigencia fue subestimarlas; entendieron con un pragmatismo feroz que el acuerdo político contemporáneo ya no pasa por la doctrina, sino por la asociación directa con las cajas del poder. A esta miopía de la casta partidaria se suma un divorcio sociológico insalvable: la oposición insiste en hablarle con nostalgia a una sociedad salarial y formal que ya se extinguió, ignorando ciegamente que la legitimidad de este nuevo bloque oficialista no es un accidente, sino que se nutre del desencanto masivo con un Estado ineficiente y de la demanda de soluciones individuales por parte de un electorado profundamente precarizado.
Para sostenerse, la arquitectura del oficialismo ha prescindido de las viejas estructuras partidarias territoriales. En su lugar, el modelo de acumulación política se apoya en una forma inédita de «co-gobernabilidad transaccional» entre el Poder Ejecutivo Nacional y las veinticuatro provincias. Este mecanismo no es otra cosa que una modalidad pervertida de la coparticipación del poder: la Presidencia somete cada iniciativa legislativa en Diputados y el Senado a un intercambio directo con los gobernadores, canjeando la viabilidad de sus leyes por recursos frescos y gobernabilidad para los feudos locales. No obstante, esta lealtad atada a la caja entraña su propia fragilidad biológica: depende de la sostenibilidad del ajuste fiscal central. Si la caja de la Nación se restringe hasta la asfixia, la ecuación deja de ser rentable para los mandatarios provinciales y el pragmatismo de la chequera corre el riesgo de mutar en una rebelión territorial.
Mientras los dueños circunstanciales del Estado rediseñan las reglas del juego desde arriba, el resto de la sociedad política persiste en categorías perimidas, fragmentándose en un sinfín de siglas y subpartidos incapaces de articular un programa mínimo de consenso. Se sigue pretendiendo combatir la avanzada ultraliberal con el amontonamiento heterogéneo de sectores unidos únicamente por el espanto, reproduciendo la trampa del mero «frente de resistencia».
La salida no vendrá de la añoranza de recetas extintas ni de la espera pasiva de salvadores que ya cumplieron su ciclo en el drama nacional. Reconstruir la trinchera exige superar la vocación de archivo y estructurar un programa económico y social propio, capaz de disputar el sentido común de nuestra época sin pretender restaurar un pasado que la sociedad ya dio por agotado. De lo contrario, solos, atomizados y hablando solos en el desierto, no haremos más que dejarle el tablero libre a los dueños de siempre.
