Volverán los colores de la vida,
como regresan las estaciones a la sangre,
con los perfumes antiguos del tiempo
despertando la ceniza de los días.
El agua llamará con su tintineo secreto
y todo regresará en susurros del viento,
si te atreves.
Regresa, amor, sueña otra vez conmigo.
Deja en paz a la noche.
Que la magia cansada levante el cielo,
que los días se desordenen
y corran hacia atrás como caballos nocturnos,
desbocados, sin rienda ni destino,
para devolvernos a la eternidad.
Regresa.
Mi espera pronuncia tu nombre.
Me invade una tristeza cuando no estás,
una tristeza honda como la tierra húmeda
después de que el cielo ha llorado.
Amor, quería que lo supieras:
a veces —solo a veces—
olvido tu ausencia
y mi cuerpo te busca
como si aún respiraras en la habitación.
¿Dónde te vi por última vez?
¿Bajo qué cielo se detuvo tu mirada?
¿En qué instante respiré tu ser
como se respira la noche cerrada,
la última, la irrevocable?
¿Dónde quedó la huella ardiente de tu cuerpo,
esa marca secreta
en la profundidad interminable de mi ser?
No estás. Mi cuerpo lo sabe.
Te busca en la sombra de la cama,
en el tibio peso que dejó tu ausencia;
y, sin embargo, mi piel te recuerda
con la memoria exacta de tu forma,
como recuerda el fuego
la geometría del incendio.
