I
Como reflejos,
los amaneceres calmaban
los susurros de la noche.
El canto del zorzal
y el de las calandrias
anunciaban que saldría el sol,
que el día comenzaría.
II
Las sombras
se retiraban en silencio.
Solo una luz quedaba
en el cielo nocturno.
Le dicen lucero del alba,
pero yo sé que se llama —Soledad—.
La conozco:
hemos hablado tantas veces.
A veces baja conmigo
y se queda quieta, escuchando
cómo amanece el mundo.
La veo quedarse sola
hasta que nace el sol.
III
El día despierta
entre cantos y llantos.
Cosas nacen
y cosas mueren.
Como un conjuro,
el mundo se enciende.
Suena la piedra
bajo el golpe del agua;
la “corona de novia”,
el “velo de Julieta”,
así decía mi abuela,
hermosos entre los helechos
y los musgos del río.
IV
“Solo es otro día”,
me digo
y le digo al aire.
Espero que llegues pronto,
y miro el horizonte,
vacante de ti, vacío.
También los caminos esperan,
todos te extrañamos.
V
El mundo vuelve a girar,
el sol cae
sobre la media luna,
crudo, sin respiro.
Hemos muerto muchas veces
y hemos vuelto,
y yo aquí sigo
todavía,
con este cansancio
que traen los años.
Deberán aprender;
nadie nace invencible
ni fuerte.
Solo aprendemos,
con el tiempo,
a sobrevivir.
Los cristales deben cambiar
y volver
a carbones eternos.
