La mirada ausente, vacía.
Ya no hay nada que saludarnos,
dejaste que la vida se nos fuera.
Crecieron murallas de silencio.
Han pasado muchos inviernos,
y muchos veranos, primaveras y otoños.
La horca sufre y la muerte duele,
no hay consuelo a la resignación.
Por paisajes de transición, la espera inquieta,
y la eternidad es provisoria.
Chismes no dichos lanzan cicatrices inexistentes,
ideas complejas en la mentira del fuego.
Busca lo cierto en el latido del corazón.
En la desconfianza prolija, sofisticada,
sepultar al canalla genera alivio a la nada.
Flujos siniestros prometen respuestas,
las sombras caen por los precipicios de la vida.
Solo aparecen culpas compartidas, ataúdes de pecados,
tumbas de paz, tumbas de hielo.
Cuando dije que no había más saludos,
era porque no había más adioses.
El último adiós se dio hace mucho tiempo,
y solo quedó el hielo como vínculo.
Cuida el dolor y resiste al olvido,
regala bosques de carcajadas, risas,
placeres y alegrías.
Enamora la luz, porque una vida no alcanza.
