Saber el reverso del camino
Entré al sanatorio para una operación de meniscos. Nada extraordinario. Una intervención rutinaria, de esas que uno atraviesa pensando que al día siguiente estará de vuelta en su casa. La internación siguió el protocolo habitual: habitación asignada, controles, preparación y, finalmente, el traslado al quirófano. Hasta entonces, todo era normal.
En la sala de cirugía comenzaron los preparativos. Me colocaron en la camilla, revisaron los instrumentos y llegó el momento de la anestesia. Fue entonces cuando sentí que algo no estaba bien. Primero dejaron de responderme los pies; después, las piernas. El adormecimiento comenzó a subir por el cuerpo y la pérdida de control muscular lo siguió de cerca, como una marea implacable que avanzaba sin que yo pudiera detenerla.
—Doctor, algo anda mal —alcancé a decir. El médico se rio. —No me hagas bromas. —No estoy bromeando. Ni siquiera lo conozco.
Quise explicarle lo que estaba sintiendo, pero ya no podía articular bien las palabras. Después empecé a perder el control de la cabeza. Y me fui.
El olor de la anestesia quedó atrapado en mi memoria. Un aroma amargo y extraño que durante días siguió reapareciendo de forma esporádica, como si el quirófano todavía estuviera escondido en alguna parte de mi cabeza.
Mi mujer me contó después lo que había sucedido. Los enfermeros me llevaron a la habitación y me dejaron sobre la cama completamente contraído, sumido en un verdadero rigor mortis. Parecía una bolsa de papas: el cuerpo rígido y el rostro desencajado, como si estuviera peleando con algo que nadie más podía ver. Antes de volver a dormirme, apenas pude farfullar:
—Salió mal.
Yo les había avisado. Les había dicho que la dosis no era la correcta, pero se rieron y siguieron adelante. En lugar de una anestesia epidural, me habían administrado una raquídea, cuyas cantidades y densidad son completamente distintas. Después de eso, vino el silencio.
No sé cuánto tiempo pasó. De pronto, estaba fuera de mi cuerpo. Sentía que salía corriendo desde el quirófano, atravesando paredes, consultorios, muebles y percheros. Observaba todo con una profunda curiosidad. Estaba allí, pero desde un lugar imposible; no sentía el peso de la carne, ni el dolor, ni el miedo.
De golpe, el sanatorio desapareció y todo quedó sumergido en una oscuridad absoluta. Pero no era una penumbra triste, sino una noche llena de paz. En su centro emergió una felicidad completa, una alegría inmensa, limpia y sin motivo: la certeza de estar exactamente donde tenía que estar.
A lo lejos apareció una luz al fondo del túnel, formada por ramas rectas y fluorescentes. Esa luz le daba profundidad a la negrura y me invitaba a avanzar. Y avancé. No tenía cuerpo, pero me movía fascinado. El desplazamiento exigía un esfuerzo similar al efecto de un zoom de cámara, pero yo iba feliz, sabiendo que cuanto más me acercara, más muerto estaría. Rara reflexión: como si uno pudiera estar más o menos muerto.
Entonces escuché gritos. Gritos desesperados que llegaron desde muy lejos y que, sin embargo, bastaron para arrancarme de aquel trance.
Abrí los ojos. Estaba otra vez en el quirófano, rodeado de médicos que me intubaban e inyectaban. Solo alcancé a pedirles que me dejaran volver antes de dormirme de nuevo. Obviamente me operaron, y más tarde los médicos dedujeron que me había «enamorado» de la anestesia, intentando explicar así lo que me había ocurrido.
Cuando desperté en la habitación, mi mujer lloraba desconsoladamente a mi lado mientras me sostenía las manos frías. Había vuelto. Pero no había vuelto entero.
Pasaron algunos días. Una tarde estábamos sentados a la mesa de casa cuando ella me miró con el rostro de quien ha rozado la tragedia y me dijo:
—Tantos años esperando para conocerte… para que estos hijos de puta te maten y me devuelvan a un extraño.
No pude discutirle. Tenía razón. El hombre que había entrado al sanatorio aquella mañana ya no existía. Ella esperaba al de siempre, al que conocía sus costumbres, sus silencios y sus preocupaciones. Pero el que había regresado era otro. Era como si una parte práctica de mi cerebro se hubiera apagado y otra, más profunda, hubiera quedado despierta. La lógica aparecía sin filtros y veía las cosas desde un ángulo limpio. El dinero, las ambiciones, la carrera detrás de lo inalcanzable… todo empezó a parecerme ruido. Y detrás de ese ruido había algo mucho más sencillo: la vida.
Necesitaba hablar con el padre Córdoba, a quien había visitado una semana antes de la operación. A pesar de no ser creyente, había acudido a él porque era uno de esos curas santos que la Iglesia autoriza para realizar exorcismos; una amiga ya lo había visto hacer cosas increíbles.
Me subí a un colectivo y fui a buscarlo al hospital. Cuando me vio, se quedó inmóvil.
—¿Qué hacés acá? —preguntó. Lo miré a los ojos. —Hijo de puta —le dije—. Me morí y volví. ¿Por qué no me avisaste?
El viejo no respondió enseguida. Tenía unas manos grandes, ásperas y trabajadas; manos de campesino. Después habló con tranquilidad. Me explicó que haber estado a punto de morir también podía interpretarse como una forma de curación: el shock había anestesiado la parte pragmática de mi cerebro, dejando la lógica libre de las trabas habituales.
Entonces me hizo una advertencia desgarradora: —Te van a querer matar. Tené cuidado al cruzar una avenida. Esta ciudad tiene muchas. Pueden empujarte para que un camión te atropelle.
No supe qué responder. Mi cabeza todavía estaba desordenada. Poco después tuve la oportunidad de comprobar sus palabras. Estaba esperando para cruzar una avenida cuando, de repente, alguien me empujó. Sentí que caía hacia el asfalto, pero en el mismo instante otra fuerza me agarró del cinturón y me tiró hacia atrás. Un camión pasó rozándome. Me quedé quieto. Miré hacia adelante y hacia atrás: no había nadie. Ni el que me había empujado, ni el que me había salvado.
Después de aquello seguí visitando al padre Córdoba. En nuestras conversaciones me hablaba de viajes lejanos: me nombraba un puente, un río, unos alambrados o unos campos distantes. Mientras lo escuchaba, esos lugares aparecían en mi cabeza con una claridad casi física. Era como si ya hubiera estado allí. Nunca supe si Córdoba lo hacía a propósito, pero esos paisajes parecían tener un lazo secreto conmigo.
Con el tiempo aprendí a convivir con lo que había quedado en mí. Hoy camino entre la gente y observo. A veces presiento hacia dónde van las cosas antes de que sucedan. Por eso, cuando veo que alguien toma un camino peligroso, apenas le sugiero una advertencia, agregando siempre: «Puedo estar equivocado».
Personas de distintas creencias me han dicho que perciben sobre mí una protección especial, como si me cubriera el manto del viejo Córdoba. Yo no sé si es cierto. Solo sé lo que viví.
Aquella mañana dejé algo sobre la camilla: el miedo, la ambición y esa costumbre de correr detrás de lo insignificante. Cuando volví, la vida había cambiado porque yo era otro. Había conocido una paz inexplicable y había conocido la muerte. Eso lo transformó todo.
Dejé de imaginar la muerte como un final oscuro. Estuve allí y no encontré terror, sino una calma infinita. Por eso, hoy camino sabiendo que un día dejaré de hacerlo y no me preocupa. Ya conozco el lugar al que voy, y esa certeza me permite dormir en paz todas las noches.
El verdadero viaje no terminó cuando volví al quirófano; comenzó ahí mismo, cuando descubrí que ya no tenía motivos para temer. Cuando llegue el momento, no iré hacia lo desconocido. Ya estuve allí.
