Hace unas semanas, por esas cosas del destino, encontré a Marcela por internet. Habían pasado veintisiete años… veintisiete años desde aquella última vez en la casa de mis padres.
Nos costó reconocernos. Por los diálogos, no sabíamos si éramos aquellos que una vez estuvieron a punto de emprender sus vidas juntos. Pero sí: éramos nosotros, retomando la posta.
Con el transcurso de los días, nos fuimos familiarizando cada vez más. Las conversaciones volvieron a ser lo que habían sido: frescas, sencillas, bondadosas y transparentes. Decidimos vernos nuevamente.
Cada uno, en su ciudad, había construido y desarmado su vida en todo este tiempo. Pero eso no era un impedimento para volver a encontrarnos. Le avisé que viajaba a verla.
Cuando llegué, no nos pudimos comunicar. Yo tenía mis fantasías sobre su ausencia, como ella tenía las suyas sobre la mía. Tardamos un día en adaptarnos al encuentro deseado.
Convinimos como punto de encuentro su casa. Al vernos, todos los temores se disiparon.
Nos abrazamos y besamos como la última vez. Nos tocábamos para redescubrirnos; hablábamos para reconocer nuestros tonos de voz; nos besábamos para reunir las pasiones detenidas hacía tanto tiempo. Comenzamos nuestra luna de miel, como si nunca nos hubiéramos separado y aquella tarde me hubiese contestado: «Sí, voy con vos».
Aquella tarde de hace veintisiete años, cuando comenzaba el rito de la despedida en la casa de mis padres…
Como era costumbre, todos esperaban el recorrido para el último diálogo, el último saludo y ver mi partida. Estaba ella, cabizbaja, enternecida, con su mano en la boca, mordiendo la uña de su dedo pulgar. Me acerqué, le tomé la cabeza con ambas manos, le aparté el cabello, espeso y negro… y la besé.
Me dirigí hacia mis padres y hermanos. Me quedé conversando, demorando la marcha; no sabía cuándo iba a regresar. Miré a mi alrededor e hice el recorrido de los saludos familiares; recorrí la casa una vez más.
Marcela seguía sentada sobre el brazo del sillón, en silencio. Me acerqué otra vez, pero esta vez la hice ponerse de pie, la abracé y la besé. En ese momento vi la ternura de sus ojos negros, dulces, casi adolescentes. Le pregunté si se quería ir a vivir conmigo. Su rostro brilló entre la cabellera volcada sobre su cara.
Diecinueve años recién cumplidos. Un amor, una dulzura de mujer; un capullo de flor parado frente a mí que temblaba como una hoja entre el deseo y el temor de lo que acababa de escuchar.
Me miró y, en silencio, me contestó que no se animaba, que no podía. Me tomó de las manos, se recostó sobre mi hombro y dejó caer unas lágrimas de dolor, como recuerdo de la vida que no podía decidir ni emprender conmigo. Me besó como quien ama la vida y se despide de ella. Tan profundo sentí su desgarro interior, su pena, que no pude decir nada más.
Agarré mi bolso y salí a la calle para poder respirar. No pude mirarla, acariciarla ni comprenderla.
En su silencio de entonces, y en mi silencio de hoy, comprendí lo que había perdido. Lo que no tenía. Lo que debía olvidar.
Y mientras caminaba, entendí que hay encuentros que llegan demasiado tarde, pero que, aun así, tienen el poder de devolvernos por un instante aquello que creíamos perdido para siempre.
La había encontrado.
Y ahora debía aprender a perderla nuevamente.
