Patrullas del tiempo

I

Patrullas estelares

recorren tu corazón perdido,

aquel territorio poblado de nubes

que alguna vez fueron dudas, tal vez.

Se escuchan silbos de vidrio

cuando cruzan el aire.

Tú levantas las cejas y ríes.

Tus ojos guardan ahora la paz

del que, al fin, ha sido vencido.

II

Días y noches recorren

senderos ocultos del musgo,

donde nadie ve ni busca

bajo las raíces

ni bajo el polvo cenizo de la tierra.

Todos creen en la simpleza del tiempo,

en la complejidad de un reloj

que no es máquina,

ni papel, ni pensamiento:

es una verdad que pasa

y los devora.

III

Y si pasa, huye.

Es para no volver,

pues el tiempo es consciente

de su propio vacío,

consciente de sí mismo.

Vida y tiempo,

parejas enamoradas de la nada.

Y tú llegas cabalgando,

ausente de color,

galope incoloro

lleno de muerte.

No tienes vida

y menos tiempo.

IV

Las luces apagan

los faroles de la noche

y el mundo despierta.

Pequeños ruidos de movimiento aparecen;

despiertan entonces

los pequeños del mundo,

seres mínimos

que habitan la sombra.

Cielos tornasolados, de nácar,

hechos a mano

por el oficio del viento.

Golpean las campanas,

su metal en el templo.

V

Comienza el día.

Todo se transforma.

Cambia.

Muere el silencio

de la noche transcurrida.

Sólo quedan rostros que caminan,

se saludan con gestos de piedra

y se olvidan.

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