La flor del este

Sola, erguida en la cornisa,

como quien fue olvidada.

No sé si en tu propia soledad

o simplemente abandonada

a la intemperie:

lluvias, vientos y soles.

Y allí permaneces,

heredera de tu raza,

firme en tu amor propio eterno,

esbelta, toda verde y hermosa.

Tus hojas,

como pequeñas manos abiertas,

parecen abrazar el aire;

y tus cinco pétalos amarillos,

tan bellos,

se asemejan más a la eternidad

que a una simple lucha por la vida.

En ese acantilado,

mínima saliente de piedra,

miras siempre hacia el este.

A tu espalda,

la mole gigantesca

que te vuelve diminuta;

pero entre sus arcoíris de grises y negros,

eres tú quien embellece la ladera,

tú,

con tu pequeño fuego amarillo,

la breve llama

que desafía a la roca,

al viento

y al olvido.

Raíz-1

Amor de todos mis días

El cielo cae en pétalos,

regando los surcos

de nutrientes líquidos

en tierras de semillas

ávidas de vida y deseos.

Caen las aguas matinales

sobre la cumbre de rutinas curvas.

En los canales se juntan

y caen en forma de cascadas,

salpicando la eternidad.

Los mantos y las mantas

brincan de amores

entre besos y abrazos.

Aclara el día.

Sobre el fin, el sol;

en la espalda, la luna.

Abrazada a mí, tú:

amor de todos mis días.

Raíz-2

La tumba del invierno

Despertó el amor

como un pájaro herido

entre las sombras

y salió a buscar tu nombre.

Pero tu nombre

ya no vivía en la casa.

¿Te ausentaste tanto?

¿O fui yo

quien se durmió demasiado?

Sólo fue una siesta,

un breve naufragio de los párpados,

y al volver

hallé otro cuerpo respirando

en la orilla de tu pecho.

Alguien ocupó mi ausencia,

llenó de pasos mi silencio,

y borró con sus manos

la huella tibia de las mías.

Desde entonces,

el amor vaga

como un perro bajo la lluvia,

sin techo para sus heridas,

sin una noche

donde recostar su cansancio de siglos.

Mi corazón sangra todavía

la torpeza de haberte amado.

Pero llegará el día

en que cierre sus heridas

como la tierra cierra sus grietas

después del invierno.

Dormirá.

Olvidará.

Y tal vez soñará

que nunca existió el dolor,

que tu recuerdo fue apenas

un copo de ceniza

perdido en la oscuridad.

Entonces,

la última estrella del horizonte

será la equis de tu tumba,

solitaria bajo el viento,

mientras el frío

termina de pronunciar tu nombre.

Raíz-3

Oceánica

Con el tiempo ensordecido

y el clima enloquecido,

el viento sopla sin cesar

mientras arroja arena y caracolas.

El agua, suave, se desliza,

te moja el rostro como un sudor marino,

y hielos imprudentes recorren,

en caricia, tu piel.

Lloran los ojos al encontrarse con los glaciares,

mientras tus pechos rozan las húmedas prendas.

Corres, salpicando con tu paso fugitivo,

lejos de mí, de la luz de los bordes.

Nubes de polvo dorado te reflejan,

suspendida en la lontananza

de la imaginaria línea del horizonte.

Tu cuerpo se disuelve en los dibujos

que solo el sol sabe darme:

hermosos crepúsculos de ti para mí,

amor de luces y sombras,

cobija de duendes sobre la tierra.

Y en la última orilla de la tarde,

cuando el mar recoge sus espejos,

tu nombre permanece encendido

sobre el horizonte de mi sangre.

Raíz-4

Un adiós de hielo

Tu mirada se fue, vacía;

ya no queda nada que saludar.

Dejaste que la vida se nos muriera

entre los dedos, sin ruido.

Crecieron murallas de silencio,

altas como inviernos acumulados.

Han pasado veranos que no sentimos,

primaveras que se pudrieron en la raíz,

otoños que ardieron sin testigos.

El nudo es duro y la fosa es pesada:

no hay consuelo para esta resignación.

Por paisajes de transición vaga la espera, inquieta,

y la eternidad se vuelve provisoria.

Las palabras no dichas abren cicatrices

que nunca existieron en la carne;

toda palabra arde en la mentira del fuego.

Busca lo cierto solo en el latido

terco y ciego del corazón.

En la desconfianza prolija y sofisticada,

sepultar al canalla alivia, por un instante,

la vasta nada que nos rodea.

Ríos de sombra prometen respuestas

que nunca llegan.

Las sombras caen por los precipicios de la vida.

Solo quedan culpas compartidas,

ataúdes de pecados antiguos,

tumbas de paz y tumbas de hielo.

Cuando dije que ya no había saludos,

era porque tampoco había adioses.

El último adiós se dio hace mucho tiempo,

y solo quedó el hielo como vínculo:

duro, transparente, eterno.

Cuida este dolor

como quien cuida una semilla negra

en tierra helada.

Resiste al olvido.

Regala bosques de carcajadas,

manos llenas de risas,

placeres que brillen como peces en el río.

Enamórate de la luz,

porque una sola vida no alcanza

para tanto amor ni para tanto adiós.

Y mi muerte no segará el dolor de la mentira.

Y mi ausencia no dará respiro a las viejas heridas;

algunas preguntas morirán sin respuesta.

Porque el tiempo es un único valor

y se pierde una sola vez,

como el amor.

Raíz-5

Cosecha de la memoria

Sudor frente a la intemperie,

tierra que surcamos,

sangre con la que regamos

las raíces del tiempo.

Dolor de los días ausentes,

angustia de los caminos borrados,

risas que ya no regresan

y la obstinada esperanza

de volver a comenzar.

Arquitectura de un porvenir desvanecido,

serenidad ante un pasado impreciso:

no aguardamos promesas.

Solo la memoria podrá salvarnos.

Ella levanta la piedra,

custodia la ceniza

y conduce nuestros pasos

desde la roca primera

hasta la inmortalidad de los días.

Raíz-6

La rutina golpea el cielo

Las rutinas caen del cielo haciendo ruido,

como pétalos de auxilio eternos

de hombres y mujeres que aúllan,

ausentes de sueños, cargados de vida.

Los rayos parten los techos, que caen lentos,

la lluvia se filtra por las hendijas;

ríos interminables corren por ti, abrazándote

sobre ese manto suave,

y otras veces tan áspero.

Y, como si fueras la novedad del día,

abres las puertas para que entre la tormenta.

Tu corazón late, simplemente;

se enlaza con el mío

y encuentra el mismo pulso.

Una que otra chispa danza de alegría,

ilumina la habitación,

nos ve.

El agua pasa, indiferente, sin saludar,

junto a nosotros, chasqueando y mojando;

ríe sola.

Nada cambia.

Todo permanece.

La lluvia sigue cayendo, toca los muebles,

y la rutina, descalza, corre por el aire;

obstinada, golpea el cielo,

mientras la costumbre afila sus martillos

en el lomo oscuro de las nubes…

y nosotros permanecemos allí.

Raíz-7

¿Dónde te encuentro?

Te veo en los sueños dispersos,

entre las brumas de los pantanos,

en las luces extraviadas de la noche.

Te encuentro en el dolor de la calle,

en la sed del caminante,

mientras recorro los espejos de la memoria.

Te escucho en el pulso de la sangre,

en la tibieza de tus abrazos,

en el amor que respira en tus días.

Y cuando la noche derrama su ceniza,

vuelvo a encontrarte,

escondida en la raíz de todas las cosas.

Y cuando el mundo se deshoja en sombras,

sigues allí, intacta,

como agua subterránea bajo mis noches,

como un río secreto que atraviesa mi pecho.

Raíz-8

El horizonte de la espera

Cascos de miel estremecidos, todos arrumbados,

se tocan melosos entre sí, mal alineados,

como una serpiente de mar subiendo la cascada.

Incómodo todo en una rutina ajena al día.

El tiempo no ayuda, se queda ocioso, viendo.

Rústico, el sol abre los ojos temprano y nada entiende.

Todo está suelto, la vida no parece fácil.

La sombra ya no es la misma, perdiose la caricia de enero.

La alfombra se descubre texturada, revelando las aguas

que flotan en el suelo; ya está vieja, ansiando que llegue el otoño.

Y yo, sentado con la vista en el horizonte, custodiando,

solo veo tu silueta en el calor que se agita.

Así permanezco en esta espera de que llegues, amor.

Raíz-9

El confidente del aire

Con desgarros que caen como lluvia de llantos,

mi corazón sufre los avatares del tiempo.

Días que pasan de soles pardos y enojados

a noches de nubes acariciadoras y austeras.

Todo eso sueño día tras día;

despierto dormido

y me llega al sentimiento el vacío de ti.

Hay veces que le hablo a la almohada;

le cuento de ti.

Plumas revolotean entre las luces,

como con destinos fijos,

grandes portadoras de mensajes.

El confidente cercano,

lector de novedades escritas en el aire que respiro,

figura que inmortaliza tus palabras

y mis congojas por ti.

Manda susurros que digan que vuelves, amor.

El dormir ya no descansa;

está con el miocardio enamorado,

velando tu llegada.

Raíz-10

La tarde, a tu lado

Cuando tiendo la luz en la pradera

todos miran y agradecen su tibieza.

Me recuesto y espero al día que llegue.

El día y la luz se juntan

y caminan de la mano.

El mar mira con su calma

vestida de tonos azules.

La arena recibe la suave brisa, de costado.

Los granos de arena corren sin prisa, sin destino.

Niños, con un hilo entre los dedos,

sostienen un barrilete en el viento.

El aire trae consigo pequeños murmullos,

risas y palabras.

Y tú rozas la esterilla

en el límite de la arena, junto a mí.

Me miras y me lanzas un beso.

Miro todo,

y todo es más bonito a tu lado.

Raíz-11

Mientras duermes

Capullos bajo el cielo revuelto.

Aprietan los vientos del sur,

y las nubes, desobedientes,

giran sobre la sierra.

Bandadas de pájaros,

en un bautismo de aire,

cruzan la tarde

como pequeñas gotas de tinta.

La tierra levanta su juego:

granos de arena y polvo

corren por las esquinas del patio,

rozando la piedra y los muros.

Yo miro la tarde

como quien contempla un dibujo antiguo:

el jardín,

la pirca,

la sierra tendida a lo lejos,

los verdes profundos,

los marrones encendidos por la luz.

Y allí estás tú.

En la hamaca,

tranquila,

abandonada al vaivén de un sueño.

A tu lado permanece el rosal,

custodio silencioso

del último rincón del día.

Llega el aroma del café.

La música atraviesa el aire

sin pedir permiso.

Ya iré a rescatarte de la siesta.

Por ahora,

me quedo aquí,

mirando esta escena sencilla,

como quien guarda una fotografía

antes de que el viento la disperse.

Raíz-12

Torrentes del alma

Turbulentas aguas de inmortalidad

descienden de tu ser recostado en el cielo,

y, como una cascada herida, la luz te recorre,

arrastrando cuanto encuentra sin clemencia.

Hombres de terracota intentan detenerte

con formas dúctiles, firmes y amorosas;

pero se vuelve costumbre devastar la tierra,

todo cuanto respira bajo tu paso.

Montañas, lomas, bosques y quebradas,

ríos y mares hervirán en sus destinos trazados.

Destruyes mundos como castillos de naipes

y vuelves a empezar: nada por nada.

Indiferencia, reina de todas las virtudes.

Amores apacibles de rutinas nobles,

inclemencias vacías, sin sentido,

dulces ausencias de sueños extraños;

todo corre por los misterios de la noche.

Ya volverá a amanecer,

en el crepúsculo de las sábanas.

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