A lo lejos, en el aire,
suenan ruidos
—extraños—;
parecen ronquidos:
serruchos voraces
que devoran el silencio
y se llevan el futuro.
Devastados quedan los caminos;
el polvo cubre los rostros
con aire de ahogo,
como corazones,
como ausencias que vendrán.
La eternidad, así,
pierde credibilidad;
todo se vuelve finito.
El horizonte llora ausencias;
lágrimas deja la noche,
como estrellas… o luces, nomás.
Y tú, conmigo,
juramos para siempre.
Solo el amor queda,
y nosotros, abrazados.
