Me gusta cuando callas,
pero no por el silencio,
sino porque en tu boca
arden palabras que aún no saben caer.
Sé a quién elegiste,
como se sabe el rumbo de una tormenta:
no por el trueno,
sino por la forma en que el aire se recoge antes de partirse.
Me oyes desde lejos,
como se oye el mar detrás de los párpados cerrados,
y mi voz no te toca,
pero te rodea
como una bruma que insiste en ser recuerdo.
Parece que los ojos se te hubieran volado,
aves migratorias huyendo del invierno de mi nombre,
y un peso —no de dinero, sino de mundo—
te cerrara la boca
con la gravedad de todas las plazas y todas las banderas.
Pero, aun así,
en tu silencio hay una grieta diminuta
por donde respira la noche.
Y allí, donde no dices nada,
crece una flor oscura
que algún día
pronunciará mi voz sin miedo.
