Luces incrédulas, amables y amorosas,
aunque nacieron contigo de pecados no perdonados,
desbocadas y con certeras ciertas.
Decía la vieja:
“La Virgen de Montserrat”.
Por lo tanto,
“debemos seguir adelante sin rendirnos”.
Nadie quiso ese espacio: era tan vasto,
y tan de primogénito,
que solo cabía en ti.
Vestías entonces disfraces,
herramientas cognitivas y emocionales,
trajes modernos y de mayo,
de gomina o galera.
Pelotas henchidas de deporte,
jugadas de empatía y emociones.
El sol salía
y allí estabas tú.
Yo me sentía —entonces— inmortal.
Eras mi escudo contra todo,
y las noches eran apacibles:
me cuidabas de los monstruos nocturnos.
Cuando podíamos
—nos escapábamos a escondidas—,
entre calles y avenidas
y los faroles tangueros de esquina;
éramos fantasmas jugando al ocultamiento.
Me enseñaste a ser invisible —menos ante ellos—.
Y me fugaba de madrugada,
siendo niño, a buscarte,
cuando los verdes o los azules
pasaban de visita por ti.
No iba a otro lugar
más que al marcado por ti;
sabía dónde estabas.
Así, la eternidad
siempre estuvo presente.
Los años pasaron contigo y sin ti,
juntos, lejos,
a veces olvidados en el tiempo.
Como la vida:
fue un conjunto de intensidades.
Y que, un día, también termina.
Era una noche de mayo, otoño ya.
Cenaste y te sentaste tranquilo
a fumar la vida,
con la seguridad absoluta de estar.
Y así te fuiste, sin saludos ni despedidas,
como siempre fue entre nosotros:
saber que estábamos,
con vos.
Abrazos.
