El hangar permanecía allí, dulce y áspero al mismo tiempo.
Olía a aceite viejo, a cereales agrios y a madera húmeda. Desde algún rincón llegaban cacareos, ronquidos, gorjeos y arrullos. Las herramientas antiguas tintineaban con el viento, cubiertas de herrumbre y de ese extraño olor a hierro y sudor que parecía haberse quedado atrapado entre sus paredes.
A veces crujía.
A veces chillaba hacia los cuatro vientos.
Pero nunca cedía.
Imperturbable, impasible, seguía en pie, indiferente al frío, al calor, a la sequedad o a la humedad de las estaciones. Había soportado lluvias, veranos interminables y silencios que parecían no terminar nunca.
Ahí estabas.
Y yo sabía que algún día tendría que marcharme.
Había llegado mi momento.
Me daba tristeza alejarme de ti, aunque intentaba convencerme de que no era una despedida. Mientras avanzaba por el camino, todavía podía verte en el espejo retrovisor. Te hacía pequeño la distancia, pero yo seguía mirándote, pensando que algún día regresaría.
No quería pensar que me estaba yendo para siempre.
¿Qué haría con todos aquellos recuerdos?
Tal vez recorrerlos una y otra vez.
Volver a ellos como quien vuelve a una casa conocida.
Y, en medio de ellos, volver a jugar contigo.
Recuerdo especialmente aquel día.
El día en que apareció el zorro.
Yo era pequeña y estaba asustada. Tú pareciste comprenderlo antes que nadie. No sé si fue el ruido de tus viejas tablas, el golpe de alguna herramienta o simplemente el azar, pero hiciste tanto estrépito que el animal salió huyendo.
Nunca volvió.
Desde entonces, cuántas historias quedaron escondidas en tu interior.
Y cuántas otras se quedaron viviendo en el mío.
Por eso, antes de irme, dejé en tu puerta el listón de mi pelo, aquel que tanto te gustaba.
Era mi manera de decirte que una parte de mí se quedaba contigo.
Pero no podía marcharme con las manos vacías.
Busqué entre las viejas maderas y encontré aquel pequeño clavo, doblado y oxidado.
Sí, ese.
El mismo que un día rompió mi vestido verde.
Lo sostuve entre los dedos y sonreí.
Después lo colgué de mi pecho, como quien guarda una reliquia absurda y, al mismo tiempo, sagrada.
Porque hay objetos que no valen nada para el mundo, pero lo significan todo para quien los conserva.
El camino comenzó a bajar la colina.
Te miré una última vez.
Poco a poco, el hangar se fue perdiendo entre el cielo violeta, dorado y azul profundo del atardecer.
Pensé entonces que quizá ese mismo cielo seguiría cobijándonos a los dos.
A ti, inmóvil sobre la tierra.
A mí, lejos de allí.
Y aunque las distancias fueran creciendo, tendríamos todavía un mismo techo sobre nuestras cabezas.
Seguí bajando.
Con el listón ya lejos de mis manos y el pequeño clavo descansando sobre mi pecho.
Entonces comprendí que algunas despedidas no terminan con un adiós.
Solo cambian de lugar.
Y que el amor, cuando es verdadero, puede oxidarse, doblarse, cubrirse de polvo y aun así permanecer.
Porque hay recuerdos que resisten al tiempo.
Como un viejo hangar.
Como un listón olvidado en una puerta.
Como un pequeño clavo que alguna vez rompió un vestido verde.
Y como el amor que, a pesar de la distancia, siempre encuentra la manera de quedarse.
Siempre te amaré.
