El pecho se ha enamorado,
sí, enamorado de usted:
de sus silencios amorosos,
de esa sonrisa cómplice
que nace cuando le pica la nariz,
y de la vergüenza por ser tan buena.
Por disfrutar esas siestas
que me invita a compartir.
Dueña del tiempo noble,
sobreviviente del frío,
ya volverá a parpadear,
y saldrá el sol, seguido de la luna.
He aprendido a esperarla
como la tierra espera la lluvia,
con la frente al cielo
y los latidos descalzos.
La escucho incluso cuando calla,
porque su ausencia también habla,
y en su sombra tibia
me vuelvo raíz, me vuelvo abrigo.
