Busca el latido del amor,
en la fosa del alma
donde seguramente descansa.
Cuídala de las arañas de la lujuria.
La luz pérfida del ángel
nos muestra noches de lujuria,
donde morir holgadamente,
en movimientos perpetuos,
como un jardín lleno de aire.
Los monstruos del atardecer salen.
Hablamos nuestras locuras,
para que ellos hablen sus secretos.
Y en la infinita separación del todo,
el alma podrá huir entonces.
Y llegarán los inventores del adiós,
que se saben inmortales,
y despreocupados, de ojos ausentes.
Y en el silencio,
un viento se escapará,
para besarte por mí.
Siglos devorados por el “por qué”,
de ruidos extraños del interior,
de angustias oxidadas,
y las viejas atmósferas,
de la estación de tren abandonada,
con sus chimeneas prendidas.
Pensando con coraje este amor,
con pequeñas verdades,
de raíces enfermas y malditas,
y su nombre en los muros del perdón.
Llegará el amor necesitado,
con una mala encarnación,
que sobrevolará la ciudad,
como un haz de luz, como un rayo,
para salvarla a ella.
