Si la verdad es sincera,
confieso: he sido uno de los que crecieron a tu lado,
aprendiendo la dureza como si fuera ternura,
abrazando tu fuerza indomable
como una lección mal comprendida.
Y ahora vuelves a ser niña,
engañando a la memoria,
mientras el tiempo —silencioso—
ha cubierto de invierno tu cabello.
Has envejecido sin que lo notáramos,
como se apaga la tarde en el crepúsculo,
dejándonos apenas la sombra
de tus antiguas tristezas.
Y yo, que fui hijo de tu firmeza,
descubro tarde la fragilidad
que ocultabas en las manos.
