En una caja
guardado tenía mi corazón.
Años pasó allí,
dormido en su rincón.
Lo abrí para verlo,
recordar sus amores,
sus antiguas heridas.
Me sorprendió:
estaba tan roto
que, leve, se fue volando.
Subió hasta las nubes,
que eran de lluvia,
y allí se quedó suspendido,
hasta caer en gotas.
Las gotas eran amores,
los dolores, relámpagos,
golpeando aquí y allá.
Solo sonreí.
Pasaban los días
como hojas del viento,
y ante mí —mi vida—,
desplegada en su espejo,
me envolvía en recuerdos.
Los vivía de nuevo,
agradecido por todo lo que fui.
Los dolores seguían,
golpe tras golpe,
pero algo había cambiado:
la mirada,
la forma de ser y de creer.
Ahora, al mirar la lluvia,
sé que mi corazón no huyó:
solo aprendió
a llover.
