Somos de sudor,
de tierra y de sangre.
Conocemos el dolor y la angustia,
pero también la luz de la alegría,
la risa que vuelve
después de la tormenta.
Hemos creado cosas hermosas
con las manos cansadas,
y bajo el cielo incierto
hemos guardado esperanzas,
hemos sembrado sueños
para los días que vendrán.
Pero todo puede perderse
si olvidamos de dónde venimos.
Porque la memoria es la raíz
que nos une a nuestros muertos,
a la tierra que nos sostuvo,
a la voz de nuestros pueblos,
a la cultura que heredamos,
a los valores que defendimos
y a las luchas que nos hicieron.
La memoria nos nombra.
Nos devuelve un rostro,
un lugar en el mundo,
una razón para continuar.
En ella viven nuestros antepasados,
sus pasos, sus heridas,
sus pequeñas victorias
y sus grandes derrotas.
Recordar también es aprender.
Es mirar nuestros errores
sin bajar los ojos
y seguir caminando.
Porque quien olvida su origen
queda a merced de cualquier mentira.
Puede ser engañado,
puede ser manipulado,
puede terminar caminando
por caminos que otros trazaron.
Y un pueblo sin memoria
es un árbol sin raíces:
puede permanecer de pie por un tiempo,
pero basta una tormenta
para arrancarlo de la tierra.
Por eso debemos recordar.
Recordar de dónde venimos.
Recordar nuestras heridas
y aquello que sobrevivió a ellas.
Recordar los días difíciles,
las manos que no se rindieron,
las voces que permanecieron
cuando todo parecía perdido.
Recordar nuestras victorias,
aunque hayan sido pequeñas.
Recordar aquello que soñamos
cuando todavía no sabíamos
si el mañana sería nuestro.
Porque la memoria no es una carga:
es una semilla.
Guarda en la oscuridad de la tierra
lo que fuimos
para que otros puedan crecer.
Y mientras alguien recuerde,
mientras una voz pronuncie nuestros nombres,
mientras una historia pase de una generación a otra,
no estaremos completamente perdidos.
Recordar es resistir.
Recordar es volver a la raíz.
Recordar es abrir los ojos
y elegir el futuro.
Sólo la memoria nos salvará.
