Pedro

Lavarme la cara, los dientes. Escucho los ruidos en la cocina y huelo las tostadas. Peinarme. Tazas, cucharas, jabón, platos. Me lavo las manos.

Voy bajando las escaleras de roble, que crujen, y siento el ruido de los cascos de los caballos —es un carruaje— sobre el empedrado. Se detiene. Siento la puerta. La abro y entra el inspector de policía. Me informa sobre un robo que acaba de suceder. Le digo que más tarde voy a verlo a su oficina.

Se va.

Yo corro al desván y saco mi traje de Fantomas, el héroe de la ciudad. Salgo por la azotea. Miro el brillo de la noche y sus luces, que parecen más piedras preciosas sobre un manto de terciopelo que una ciudad villana.

Corro por los techos. Sospecho quién fue. Salto entre los tejados y oigo los silbatos de la policía que me van siguiendo.

Debo llegar antes de que me atrapen a la guarida del pillo, del ladrón, quien me está desa-fiando a mí, Fantomas, «el héroe» …

—Pedro, terminá el desayuno, que no llegamos a la escuela. Por favor, tus hermanos te están esperando.

—Sí, mamá. Voy.

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