Mis hijos

María

13 de julio de 1980 | Luna nueva | México, Distrito Federal

La mamá de quien se llamaría María quedó embarazada en los primeros días de octubre de 1979, a comienzos del invierno mexicano. Ella ya tenía programado un viaje a Europa, por lo que la pequeña partió también. Italia, Suiza, Francia… Con todos los contratiempos que trae un bebé en gestación —vómitos, náuseas—, pero un lindo viaje al fin. Regresaron bien las dos.

Su desarrollo fue tranquilo. Siempre escuchábamos música clásica, mucho Beatles, Bob Marley, Queen, Jean-Michel Jarre, entre otros, a solo efecto de que María pudiera escucharla en el vientre. Hoy María es una fan de la música y siempre he pensado si es una coinciden-cia o si le empezó a gustar desde la panza. Iba a trabajar todos los días con su mamá, quien la acariciaba permanentemente mientras le hablaba.

Se le preparó el cuarto que compartiría con su hermano Juan, quien se encontraba desconcer-tado por lo que sucedía y por su percepción de que algo había cambiado en su mamá. A mí, en particular, me brindó una experiencia única que no volví a sentir nunca más: estar dur-miendo la siesta y soñar que estaba embarazado, sentir sus movimientos y sensaciones. Me levanté sobresaltado ante un hecho tan real y cierto, tocándome la panza por si fuera verdad. Se lo conté a la mamá y nos reímos mucho.

El médico —no recuerdo de dónde salió, pero era muy especial— estaba siempre broncea-do, atlético y se dedicaba al aladeltismo; todo un avanzado en ese deporte para la época. Cada vez que lo consultábamos, le preguntaba si iba a estar para el día del parto y siempre respondía de la misma forma:

—Sí, por supuesto. Ustedes me llaman, me mandan un radio y yo llegaré.

Su clínica se parecía a un hotel cinco estrellas. Su consultorio personal se localizaba al centro del edificio y contaba con muchos cuartos laterales, todos con una puerta que daba al suyo. Cuando la embarazada ingresaba, le daban ropa descartable y le sacaban muestras de orina y de sangre. Para cuando el médico la atendía, ya tenía en sus manos los resultados de los análisis. Muy moderno.

Se aproximaba la fecha del parto. Fue un fin de semana. El trabajo comenzó a las veintitrés horas, más o menos; las contracciones se fueron haciendo más frecuentes hasta que, alrededor de las cinco de la mañana, desaparecieron. Ambas estaban cansadas. Como a las seis volvieron más fuertes; la mamá se fue a dar un baño, se relajó y se tranquilizó. Ya teníamos el bolso preparado.

El papá de Juan se quedó con él. Partimos al hospital despacio, pero muy nerviosos, entre las contracciones y las respiraciones para controlarlas.

A las siete treinta hicimos el ingreso al hospital. Ya habíamos llamado al médico, que su-puestamente debería haber llegado. Pero no: estaba en un pueblo paradisíaco, Valle de Bravo, donde las corrientes cálidas son de las mejores del mundo para el aladeltismo. Nunca llegó. Lo reemplazó un socio; no era lo mismo, pero la bebé debía nacer sí o sí.

María nació el 13 de julio de 1980, con 2,900 kg, sana, con una manchita en la uña del dedo anular de su mano izquierda. Era la bebita más hermosa que había visto; le hice sacar una foto apenas nació y a mí me sigue encantando como aquel día. Todo salió bien: la mamá y María estaban en perfecto estado.

Regresamos a la casa dos días después del parto. La mamá continuaba con pérdidas y el médico le había recomendado reposo. María estaba bien, pero la mamá no. Era demasiada la sangre que perdía y empezaba a tener un hedor feo. El médico no daba razón de preocupa-ción, pero ella estaba a cada momento más débil, delicada y pálida.

Partimos al hospital. Para cuando llegamos, ella estaba muy mal: había sido mucha la sangre perdida y la infección que tenía era producto de un pedazo de placenta que le habían dejado dentro. Quien había controlado el alumbramiento lo había hecho mal.

Ella terminó en terapia intensiva, muy grave. Con Juan y María en brazos, aguardaba en la sala de espera. Por suerte tenía un par de mamaderas con leche materna y un bolso con mu-das para ella y para Juan. La situación era muy angustiante.

Por suerte todo terminó bien: madre e hija volvieron a juntarse y a disfrutarse mutuamente.

Lucas

28 de junio de 1983 | Luna nueva | Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

Me encontraba trabajando en el estado de Chiapas, en el sur de México, buscando unos pozos de agua en la frontera con Guatemala. La mamá de María y Juan quedó en ir a visitarme. Llegó el domingo 3 de octubre de 1982 al aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez. De allí fuimos a la ciudad de San Cristóbal de las Casas, a un hotel que había sido la casa de Hernán Cortés (año 1530) cuando estuvo por el sur.

Ella regresó al Distrito Federal el día 5. Yo terminé el trabajo para fines de octubre y me reuní con mi familia.

Fuimos al ginecólogo y resultó estar embarazada. Le preguntamos la fecha probable de par-to; él sacó unos cartones circulares superpuestos y dio una estimación para los primeros días de julio del año siguiente. Le pregunté si me podía dar el día exacto y me contestó que no. Le informé que Lucas había sido concebido el 4 de octubre. Nuevamente consultó la tabla y confirmó mi cálculo: sería el 28 de junio del siguiente año. Nos reímos.

El embarazo continuó tranquilo y sin contratiempos. Ese diciembre de 1982, estando en la playa, decidimos que él debería nacer en Argentina.

¡Pequeña carrera! Empezamos contra reloj: había que resolver los papeles de legal estadía en México para devolverlos, cerrar las cuentas bancarias y renunciar a los trabajos. En lo personal, terminar mi tesis, los trámites de la universidad, la venta de los autos, los muebles y lo que llevaríamos en el contenedor. Necesitábamos juntar dinero mientras conseguíamos trabajo en Argentina. Habíamos comprado un dúplex en la ciudad de Avellaneda, provincia de Buenos Aires.

Terminamos todo para los primeros días de mayo de 1983. Hablamos con el médico y nos dio un certificado con un mes menos de embarazo —no se podía viajar con ocho meses—. Conseguimos los pasajes gracias a ACNUR por nuestra condición de exiliados. Terminamos los preparativos: todo estaba listo, inclusive llevábamos al canario llamado Pinchiroli.

La despedida fue muy emotiva. Comenzaba nuestro regreso y significaba para la familia ser la «cabeza de playa». El saludo con mi padre fue diferente, porque no solo me despidió, sino que me llevó aparte y, en su silencio —que era su virtud—, me habló con gran serenidad y paciencia. Hablamos de la situación a la que me estaba exponiendo, pero comprendía que alguien debía comenzar el retorno. Luego me abrazó, me besó y, en un susurro al oído, me dijo:

—Ojalá sea varón tu hijo por nacer; todavía no tengo mi primogénito.

Al separarnos lo miré y descubrí la complicidad en su mirada, como si hubiera hecho una picardía, una pequeña trampa al destino. Había expresado un deseo propio, algo muy raro en él. Recordé que era cierto: todos sus nietos Ferreyra eran mujeres y no tenía todavía a su primogénito para la descendencia.

Partimos.

Para el parto, ella había hablado con su excuñado médico que vivía en Mendoza. Quería que el bebé naciera en el Hospital de Godoy Cruz. No resultó tan pariente: no fue solo que nos cobrara hasta el último centavo —que, en definitiva, estaba en su derecho—, sino que lo peor fue que no me autorizó a presenciar el parto de mi hijo, aduciendo que yo no era médico.

Llegamos a Buenos Aires un día nublado y de espesa llovizna. Me pareció hermoso. Fuimos a la casa de Avellaneda y acomodamos lo que pudimos. A los quince días salimos hacia Mendoza. Ella ya estaba con más de ocho meses de embarazo. Nos acomodamos en la casa de su mamá y comenzó la espera.

Yo había decidido ir a visitar a mi hermano, que se encontraba detenido en la ciudad de Rawson, provincia de Chubut, desde hacía nueve años y medio. Ella se quedó tranquila y partí. Estuve con mi hermano; el reencuentro fue muy emotivo y lo pasamos bien en las visitas.

En una de las salidas, mientras caminaba, se detuvo junto a mí un tradicional Falcon verde sin patente, del Ejército, y fui llevado al regimiento. Por suerte, unos militantes de una unidad básica vieron lo que sucedía e inmediatamente se hicieron presentes en el lugar pidiendo por mí. Me liberaron a condición de que me fuera de esa ciudad. Los tiempos habían cambiado, estaban más suaves.

De regreso en Mendoza, la futura mamá comenzó con el trabajo de parto la noche del 27 de junio. Lucas nació el día que habíamos calculado con el médico mexicano, la mañana del 28, con 3,200 kg de peso y en buen estado de salud.

Alejandro

12 de marzo de 1990 | Luna nueva | Capital Federal, Argentina

La mamá de Alejandro quedó embarazada en los primeros días del mes de julio de 1989. El cálculo de su nacimiento era para los primeros días de abril del año siguiente.

Hubo que acondicionar el hogar. El nuevo departamento tenía dos habitaciones: la nuestra y otra acondicionada para Juan, María y Lucas. Tuvimos que comprar una cuna plegable.

El médico que atendía a la mamá de Ale parecía prometedor, pero, a medida que lo íbamos conociendo, lindaba con lo vulgar y lo poco serio. El embarazo fue tranquilo, pero ella tenía un quiste en el útero que crecía la mitad de lo que se desarrollaba el bebé. A los ocho meses, Alejandro pesaba 1,900 kg y el quiste casi 1 kg.

El trabajo de parto comenzó el domingo a la noche con algunas contracciones. Tras hablar con el médico, nos recomendó tranquilidad: no había apuro. Nos sugirió que caminara para que el bebé se acomodara y presionara. Ese domingo caminamos por la zona donde tenía el consultorio entre vómitos y malestar; ella no se sentía bien y las contracciones no modificaban su ritmo. La noche la pasó mejor.

El lunes temprano comenzaron las contracciones nuevamente y, poco a poco, se fue acelerando el ritmo. Después del mediodía salimos a caminar y llamamos a la partera de la obra social que la había acompañado en los últimos meses: no estaba disponible, había otra de turno y no había forma de ubicarla. No es que fuera importante esa mujer en particular, sino el vínculo que se había generado con ella.

El médico tampoco aparecía. Llegamos a su consultorio y nadie contestaba ni daba razón de él. De esa forma, nos dirigimos los dos solos al ex Sanatorio Anchorena, sin ningún profesional que respondiera: solos con el bolso y las mudas del bebé por nacer.

Para cuando llegamos, ella ya tenía muchas contracciones y, repito, sin su médico ni su par-tera. El bebé iba a nacer de todos modos, pero la sensación de soledad y abandono era palpable.

Mientras ella ingresaba a la sala de parto, me dirigí a la administración para llenar los papeles. Nadie lee la letra chica de la internación, pero en esos días los centros de salud habían agregado un formulario por el cual «ellos no se hacían responsables de nada de lo que le sucediera a los pacientes internados y los autorizaba a realizar cualquier práctica sin consulta previa a ningún pariente o responsable». Si no lo firmaba, nos teníamos que retirar. Lo firmé —existe todavía como requisito para cubrirse de demandas por mala praxis—.

Cuando terminé el ingreso, ella ya estaba en la sala pujando; el bebé venía muy rápido por su tamaño pequeño. No estaban ni su médico ni la partera enviada por la obra social: la atendían los médicos de guardia. No quiso que le aplicaran la peridural; se le realizó la episiotomía, rompió la bolsa y, para cuando comenzó a pujar y se vieron los pelitos de la cabeza de Alejandro, abrió la puerta su médico y gritó:

—¡Ese chico es mío!

Lo único que pensé en ese momento fue que solo quería cobrar sus honorarios.

Ella, al escucharlo, sintió el grito como una orden, dejó de pujar y puso su mano como dete-niendo al bebé; toda la asepsia del campo quirúrgico se acabó en ese movimiento. A los minutos ingresó el médico y prosiguió el pujo. La partera llegó cuando el parto ya había terminado, trayendo bolsas de un centro comercial cercano.

—Porque estaba de liquidación —dijo.

Alejandro nació el 12 de marzo de 1990 con 1,950 kg y ocho meses de gestación. Muy chiquito: entraba en mi mano extendida y la palma de la otra. Estuvo en una incubadora por precaución, pero estaba perfecto. El neonatólogo nos dijo que los niños que nacen pequeños, por su propia naturaleza de supervivencia, crecen más fuertes y sanos.

Por suerte estuve en el parto y pude verlo bien. Nos asignaron un cuarto y nos acomodamos; lo trajeron para que empezara a mamar, ¡pero la sorpresa fue que este era un niño de casi 4 kg! Los habían confundido en la nursery.

Enloquecido y desesperado, empecé a buscar a mi hijo. Lo encontré en el cuarto frente al nuestro: era fácil de distinguir porque era el más pequeñito de esos días.

Agradezco haberlo encontrado y tenerlo hoy viviendo con nosotros.

Pablo

10 de mayo de 1995 | Cuarto creciente | Capital Federal, Argentina

Los años siguientes al nacimiento de Alejandro, la mamá tuvo complicaciones para quedar embarazada. Recién en los primeros días de septiembre de 1994 logramos lo tan deseado. Fue un embarazo complicado para ella y el bebé, con reposo y mayores controles. Esta vez encontramos un médico excelente, más humano y mejor persona, que supo llevarlo bien hasta el último momento. Ya sabíamos del quiste que crecía con el bebé, nutrido por la progesterona; significaba que Pablo sería un bebé pequeño también.

Nos mudamos a una casa más grande y más cerca del centro. El departamento de Avellaneda no nos iba a quedar cómodo, por más que Juan casi no venía y María y Lucas venían los días de visita. Pasamos de Avellaneda a San Telmo, en Capital Federal.

Esta vez, supuestamente, estaban tomados todos los recaudos y por la obra social nos tocaba la Maternidad Suiza. Hicimos los trámites para que nuestro médico pudiera atenderla allí, notificamos a la obra social y pedimos la partera de rutina.

El viernes 9 comenzó con contracciones. El sábado llamamos al médico y se encontraba de viaje.

¿Cómo? Otra vez comenzaba la rueda de la fortuna.

Llegó un primo de él; pero, aunque hubiese sido el hermano o el padre, no era el médico que venía siguiendo el embarazo.

Esta vez sí dejó que le aplicaran la peridural y se le realizó la episiotomía. Pujó y apareció Pablo.

Realmente todo se desarrolló muy tranquilo a pesar de la ausencia de su obstetra. Se lo llevaron para limpiarlo y realizarle todas las pruebas de rutina. Nació el 10 de mayo de 1995 con 1,850 kg. El médico nos dijo que estaba un poco amarillo —ictericia por exceso de bilirrubina—.

El bebé no aparecía.

Vino el médico a decirnos que tenía un problema, por lo que fue llevado a terapia intensiva para observarlo más cuidadosamente —habiéndome hecho firmar el papel de ingreso donde los autorizaba a todo—.

Cuando fuimos a terapia, Pablo tenía cables desde los piecitos hasta la nuca y una sonda que lo alimentaba. No podía tomar la teta y solo se podía estar con él un rato. Nadie nos da-ba un diagnóstico claro ni real; ningún médico.

Luego de enterarnos de lo que costaba la internación diaria de un recién nacido en terapia intensiva en ese sanatorio, empezamos a entender lo que sucedía: era un cobro altísimo que le facturaban a la obra social.

Al cabo de diez días me dirigí a pedir la historia clínica: no existía. Solo me dieron un papel que decía «bajo peso, ictericia». Ese era el supuesto diagnóstico para un ingreso de caja altísimo.

Esa ruindad y perversidad de la clínica le costó a mi hijo no aprender a mamar ni a respirar correctamente en sus primeros momentos. Tuvo terribles cólicos los primeros meses de vida, lo que significó ir a fonoaudiología, al dentista por ortodoncia durante la primaria y operaciones de nariz, garganta y oído en la preadolescencia; problemas que algunos hoy sigue arrastrando.

¡Todo porque no le dieron la oportunidad de saciar la necesidad más básica e imperiosa del ser humano: la de ser amamantado!

Lo que representan para mí

Todos estos relatos, más allá de removerme y conmocionarme, reflejan, a mi entender, que no existe un manual de cómo ser padre. Solo existen indicios, lecturas, recomendaciones y quién sabe cuántas cosas más, siempre llenas de temores, incertidumbres y realidades que se nos presentan durante la gestación, el parto y el posparto.

Las mujeres los aman desde siempre; los hombres —o casi todos— desde que nacen. Tene-mos miradas diferentes, no por incapaces, sino porque no los llevamos dentro. Aprendemos a amarlos cuando los vemos.

El nacimiento como acto debe de ser la cosa más maravillosa que existe. Quien haya presenciado uno o más no deja de sorprenderse y admirar a la naturaleza: cómo de un ser vivo sale otro. Podría seguir relatándolo de infinitas maneras para decir lo mismo: asombro y fascinación.

Amo a cada uno de mis hijos desde su nacimiento. Amo sus individualidades y sus capacidades. Amo sus caracteres diferentes, sus cosas buenas y malas; amo la vida que llevan dentro.

Hay un dicho que dice: «Hijos chicos, problemas chicos; hijos grandes, problemas grandes».

Recién hoy entiendo a qué se refería: no está dirigido a los conflictos, sino a que siempre serán nuestros hijos y nuestra responsabilidad hasta el día que ya no estemos. Siempre serán motivo de atención y preocupación por su bienestar.

Nuestros hijos son los que nos permiten visualizar y buscar el mejor camino en los momentos más difíciles. Ellos, a veces tan chiquitos, nos ayudan y nos guían.

Agradezco siempre el tenerlos conmigo

Este contenido es solo para leer
Copiado
Scroll al inicio