Multitudes de personas
que corren,
van y vienen por la misma vereda;
una procesión, diría el cura.
En ese ir y venir
me topé con ella,
de frente.
Sentí su perfume,
nuestros ojos se encontraron,
nuestras manos se rozaron al pasar.
La besé apasionadamente.
Nuestros cuerpos se trenzaron
hasta asfixiarnos,
hasta perder el aliento.
El desenfreno,
la pasión era infinita.
Ya no sabía cómo besarla.
El amor era tanto
que me dolía en el alma.
—¡Perdón!
Quise esquivarla,
ella también.
Nos movíamos al unísono,
como si nuestros cuerpos
se negaran a separarse.
Me quedé quieto.
La dejé pasar.
No me di vuelta para mirarla,
para no despedirme de ella.
Necesitaba,
deseaba quedarme con su perfume,
con sus ojos en los míos,
con sus manos en mis manos,
con su cuerpo frente al mío.
Con la fotografía de su amor,
que nunca fue mío
y, sin embargo,
por un instante,
fue todo mi amor.
