Soy la memoria que regresa
por el canto, orilla de los caminos,
de esos de donde vengo y regreso.
Nunca sé hacia dónde me lleva
y yo no le pregunto,
porque, si le preguntara,
me diría:
—Amigo de mi alma,
muchas vidas hemos vivido
y no se pueden relatar.
A veces me habla de amigos;
me confiesa que a algunos encontraré
y a otros ya no.
Alguna memoria se los llevó.
Me habla de viajes y pérdidas,
lugares habitables, culturas, formas y hablas;
ha aprendido mientras atravesaba los tiempos.
A veces me permite sentir la rugosidad
de la corteza del tronco del pino de mi casa,
el de mi infancia,
el que yo sentía que me cuidaba.
Me devuelve los olores
de ciudades y ríos que vi y donde estuve;
el pasto fresco bajo mis pies,
subiendo la montaña;
las voces apuradas de mis padres
y las de mis hermanos,
asustados y obedientes.
Viajes y pérdidas.
Viajes y pérdidas y ganancias
de afectos y amores.
Países descubiertos,
queridos como propios.
Ese permiso de poder querer porque sí,
esa cosa me da ella como regalo, por buena;
o, a veces, por mala,
para que no me olvide.
O, como dice lo popular,
para no fingir demencia
y acordarme del dolor.
El susto del avión,
hasta recordarme
que ya quiero volver a volar.
No quiero más aires raros,
ni más kilómetros.
Le hablo
y le digo que no quiero más recordar;
que le guardaré un lugar preferencial,
el que siempre tuvo en mi vida.
No quiero tener tanta memoria junta…
o sí.
Porque la necesito,
y ella a mí.
Y le digo, siempre que puedo,
o cuando me escucha:
—Fuiste, eres y siempre serás
mi más bonita casualidad.
