El tiempo salió de paseo,
y tú, desnuda de prisa,
te fuiste con él.
He preguntado por ti.
El sol, en voz baja,
me confesó que danzabas con la luna.
El viento me trae tu voz,
como un roce en la piel
que aún recuerda.
Escucho un “te amo”
perdido entre sombras,
y en su eco se abre
la herida dulce de tu ausencia.
Morir ya no me sirve:
¿y si no estás donde termina la muerte?
Soñar tampoco basta.
Yo quiero tu cuerpo real,
el calor que deja tu forma en la cama,
el temblor suave
de tus dedos dormidos.
Ya no me basta soñar.
Anhelo la tibieza de tu pecho,
la curva exacta de tu abrazo.
Por eso he decidido seguirte
con la próxima luna,
sin miedo,
sin regreso,
como quien por fin
ha entendido el amor.
