LA METAMORFOSIS DEL SIGLO XXI: LA UNIÓN CÍVICA RADICAL, DE PILAR INSTITUCIONAL A LA FRAGME

LA METAMORFOSIS DEL SIGLO XXI: LA UNIÓN CÍVICA RADICAL, DE PILAR INSTITUCIONAL A LA FRAGMENTACIÓN IDEOLÓGICA

El escenario político de la Argentina expone con nitidez la reconfiguración de sus identida-des partidarias tradicionales, proceso en el cual la Unión Cívica Radical atraviesa una de las crisis estructurales más profundas de su historia centenaria. De haber funcionado como el pilar institucional y la columna vertebral de la contención republicana tras el retorno demo-crático, el partido ha experimentado un desplazamiento paulatino que lo condujo de la subordinación ejecutiva en frentes de coalición a una severa fractura doctrinal, territorial y parlamentaria.

El hito de Gualeguaychú y la pérdida de la vocación ejecutiva

El surgimiento de la alianza Cambiemos en 2015 reconfiguró de manera definitiva el mapa político argentino, marcando un punto de inflexión en la orientación estratégica del radica-lismo. La gestación de este espacio tuvo su centro de gravedad en la histórica Convención Nacional de la UCR celebrada en Gualeguaychú, donde se dirimió una disputa interna tras-cendental sobre la política de alianzas. Por un lado, la postura encabezada por Ernesto Sanz defendía un acuerdo exclusivo con el PRO de Mauricio Macri y la Coalición Cívica para articular un frente competitivo no peronista de centro-derecha. Por el otro, dirigentes como Gerardo Morales impulsaban una confluencia más amplia de corte transversal que incluyera al Frente Renovador de Sergio Massa. Finalmente, la tesis de Sanz se impuso en la votación, sellando el nacimiento de Cambiemos y comprometiendo la estructura nacional del partido en una alianza centrada en la convergencia de la oposición no peronista.

Este repliegue de la vocación ejecutiva propia no constituye un hecho aislado, sino la culmi-nación de una deriva histórica iniciada tras el colapso del gobierno de la Alianza en 2001. A partir de esa crisis institucional, la UCR vio imposibilitada la articulación de un proyecto nacional con hegemonía propia, replegándose progresivamente hacia una confederación de partidos provinciales y liderazgos locales. Si bien entre 2015 y 2023 el radicalismo aportó su densa red territorial de intendencias, comités de base y fiscales en todo el país para dar sus-tentabilidad operativa al proyecto nacional de Macri, la dinámica interna de la coalición de-rivó en una paulatina subordinación política. En lugar de consolidar un gobierno de coali-ción genuino con toma de decisiones compartida, el PRO asumió la centralidad absoluta del Poder Ejecutivo, dejando a la UCR relegada a un rol mayoritariamente parlamentario y de acompañamiento institucional.

El punto culminante de este proceso se materializó en las urnas. Tras la participación de Er-nesto Sanz en las PASO de 2015 —donde el PRO se impuso holgadamente—, la UCR fue incapaz de consolidar candidaturas presidenciales propias con posibilidades reales en las siguientes contiendas. La estrategia partidaria viró hacia la integración de bancadas legisla-tivas y fórmulas mixtas como acompañantes secundarios, o el respaldo directo a candidatu-ras ajenas. Al ceder la pretensión de liderar la fórmula presidencial para privilegiar la unidad del espacio opositor, el partido centenario terminó diluyendo su identidad ejecutiva a nivel nacional, reconfigurándose como un garante de gobernabilidad territorial y contrapeso legis-lativo, pero subordinado en la disputa directa por la Casa Rosada.

La implosión bajo el ciclo libertario y el quiebre parlamentario y universitario

El ciclo político iniciado con el triunfo de Javier Milei en 2023 colocó a la UCR ante una crisis de identidad sin precedentes, precipitando su disolución práctica como un bloque uni-ficado de centro. La implosión de Juntos por el Cambio en la primera vuelta electoral dejó al partido sin una propuesta nacional articulada ni una conducción homogénea. Frente al go-bierno libertario, la UCR quedó internamente fracturada entre dos posturas irreconciliables. Por un lado, la postura institucional y social, encabezada por figuras como Martín Lousteau (presidente del Comité Nacional) y Facundo Manes, opuesta al ajuste socioeconómico, al desmantelamiento de las universidades públicas y al ejercicio del poder vía decretos. Por el otro, la alineación pragmática y derechista, encarnada por sectores de gobernadores norte-ños, jefes de bancada como Rodrigo de Loredo y los denominados “radicales con peluca”, quienes respaldaron activamente iniciativas oficiales como la Ley Bases y blindaron los ve-tos presidenciales a las jubilaciones y al financiamiento universitario.

Esta divergencia derivó en la ruptura formal del bloque de Diputados de la UCR, donde el sector crítico terminó conformando una bancada separada bajo el nombre de “Democracia para Siempre”, dejando expuesta la incapacidad del radicalismo para actuar como un partido nacional cohesivo. Esta fractura ideológica trascendió las paredes del Congreso y repercutió de lleno en los históricos bastiones del partido, particularmente en el ámbito universitario y la Juventud Radical. La histórica herramienta estudiantil, Franja Morada, quedó atrapada en una contradicción insostenible: mientras su militancia y sus cuadros académicos marchaban en las calles en defensa del presupuesto universitario frente al recorte estatal, un sector de sus propios legisladores y gobernadores convalidaba en el Parlamento las políticas de ajuste del Ejecutivo nacional.

Tensión doctrinaria y la grieta entre la gestión provincial y la conducción nacional

Este viraje de un sector de la fuerza hacia posiciones de libre mercado extremo, orden fiscal estricto y alineamiento con la derecha libertaria resucitó un debate doctrinario histórico so-bre las dos grandes identidades del radicalismo: la tradición balbinista y la tradición alfon-sinista. La tradición asociada a Ricardo Balbín se vincula históricamente a una matriz con-servadora, institucionalista, anticomunista y marcadamente enfrentada al populismo, cuya prioridad residía en el republicanismo formal y el pragmático equilibrio del statu quo. Por su parte, la tradición encarnada por Raúl Alfonsín representa un modelo socialdemócrata, vol-cado a la defensa irrestricta del Estado de derecho, la justicia social, los derechos humanos y la educación pública como articulador de la movilidad social ascendente. Para diversos analistas y sectores críticos internos, el comportamiento de la fracción radical que apoyó las medidas del Poder Ejecutivo representa un repliegue hacia un sesgo de clase media conser-vadora, donde la agenda del orden y la disciplina económica desplaza las banderas de la democracia social enunciadas en 1983.

En este marco de fragmentación ideológica, se hicieron evidentes las insuperables tensiones entre la lógica de la gestión nacional y la preservación de la identidad doctrinal. Los gober-nadores de provincias como Mendoza, Jujuy, Santa Fe o Chaco operan bajo la urgencia pragmática de sostener la caja provincial, pagar salarios y garantizar la continuidad de la obra pública, lo que los empuja a tejer acuerdos de gobernabilidad con la Casa Rosada. Este “radicalismo de gestión” o de territorialidad concreta ingresó en un conflicto irreparable con el “radicalismo de doctrina” articulado desde el Comité Nacional y la representación porte-ña. La imposibilidad de conciliar la supervivencia financiera de las provincias con la línea discursiva nacional coloca a la UCR ante un dilema existencial definitivo: decidir si reasume su perfil histórico de centroizquierda democrática e inclusiva o si queda subsumida de ma-nera permanente como un apéndice parlamentario y provincial de las fuerzas de derecha.

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