¡Ay, amor,
mi nube errante!
Ya no diviso tu silueta de trigo,
ni el cauce del río
ni la paciencia verde de los campos.
Solo este sol que me incendia el rostro,
esta piel vencida, sudorosa,
apoyada contra el vidrio del bus.
Tú te quedaste allá,
donde el mundo aún respira fresco,
donde la sombra no duele
y el viento pronuncia tu nombre.
Y yo,
ardiendo en esta distancia,
aprendo la geografía del adiós.
